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UN SIMPLE QUISTE EN EL ABDOMEN De
La ciudadela, novela de A. J. Cronin. Orfebre, Buenos Aires, 1957.
"La
intervención fue fijada para el viernes y, ya que Ivory, el cirujano,
no podía llegar temprano, se señaló una hora extraordinariamente avanzada:
las dos de la tarde.Manson, el médico clínico, llegó pronto a la clínica
de Brunsland Square; Ivory lo hizo puntualmente, en compañía del anestesista.
Cuidó de que su chofer entrara su gran maletínde instrumentos operatorios
y, aunque evidentemente se formó una idea pobre de la clínica, sus maneras
siguieron siendo tan suaves como de costumbre. El enfermo entró por sus
pasos con resuelta alegría, se quitó su bata, que una de las enfermeras
llevó para afuera, y trepó a la angosta mesa. Convencido de que tenía
que someterse a la prueba, había llegado a mirarla con valor. Antes de
que el anestesista le colocara la máscara, díjole sonriendo a Manson:-Seré
otro después de esto.Un momento más tarde había cerrado sus ojos y absorbía
casi ansiosamente el éter en profundas inspiraciones. La enfermera quitó
las vendas. Apareció el área enyodada, hinchada, una protuberancia brillante.
Ivory se dispuso a intervenir.Comenzó con algunas inyecciones espectaculares
y profundas en los músculos lumbares.-Previendo el shock - díjole gravemente
a Manson-. Siempre lo acostumbro.De inmediato comenzó el verdadero trabajo.El
corte central fue ancho y enseguida, casi ridículamente, se descubrió
el mal. El quiste oscilaba en medio de la abertura, como una pelota mojada.
Si algo podía halagar el amor propio de Manson era esta justificación
de su diagnóstico.
Pensó
en que el paciente se sentiría muy bien una vez liberado de este molesto
accesorio y, recordando a sus enfermos de turno, miró a hurtadillas su
reloj.Interin, Ivory, a su manera magistral, jugaba con la pelota, tratando
imperturbablemente de llegar con las manos hasta el punto de adherencia,
fracasando sin inmutarse. Toda vez que lo intentó, la bola se le resbaló.
No lo ensayó una vez, sino veinte veces.Manson miraba nervioso a Ivory,
pensando: ¿qué hace este hombre? No había mucho espacio en que maniobrar
en el abdomen, pero era suficiente. Había visto a Denny, a Llewellyn,
a una decena de doctores más en su antiguo hospital, manipulando expertamente
en mucho menos espacio. Era el arte del cirujano palpar en las posiciones
más difíciles. De pronto se dio cuenta de que esta era la primera operación
abdominal que Ivory realizaba a su pedido.Disimuladamente guardó el reloj
y se inclinó más hacia la mesa, casi rígidamente.El operador se esforzaba
por alcanzar la parte posterior del quiste, todavía tranquilo, sereno.
La señorita Buxton y una enfermera joven estaban confiadamente cerca,
sin saber mucho de nada. El anestesista, un hombre maduro algo canoso,
acariciaba con su pulgar el tapón del frasco. La atmósfera de la pequeña
pieza de techo de vidrio estaba enteramente serena. No había sensación
alguna de tensión o tragedia. Era una operación sencilla, que estaría
terminada en pocos minutos.Ivory, con una débil sonrisa, como de satisfacción,
renunció al intento de ubicar el punto de inserción del tumor. La enfermera
joven lo miró humildemente cuando pidió el bisturí. Ivory lo tomó con
un movimiento reposado. Acaso nunca más que ahora había sido el gran cirujano
de las novelas. Bisturí en mano, antes de que Manson previera su intención,
dio un fuerte corte a la pared brillante del quiste.
Después
de eso todo anduvo rápido.El quiste, al explotar, lanzó al aire gran cantidad
de sangre envenenada, volcando su contenido en la cavidad abdominal. En
un instante la esfera redonda, tensa, se trocó en una bolsa fláccida de
tejido, en medio de una masa de sangre gorgoteante. La señora Buxton,
como enloquecida, buscó las esponjas de hilas. El anestesista se irguió
de repente. Ivory pidió gravemente:-Grampas, por favor.Estremecido de
horror, Manson vio que Ivory, sin poder alcanzar el pedículo de la ligadura,
había tajado el quiste, ciegamente, despreocupadamente.
Y
era un quiste hemorrágico.-Esponjas de hilas, por favor -dijo Ivory con
tono impasible. Palpaba en medio de todo aquello, procurando comprimir
el pedículo, limpiando la cavidad anegada de sangre, apretando, sin conseguir
parar la hemorragia.Manson tuvo la intuición inmediata de lo que ocurría.
Pensó: «Dios todopoderoso. Este hombre no sabe operar, no debió operar
en modo alguno».Con su dedo en la carótida, el anestesista murmuró con
voz suave, temerosa:-Parece que se va, Ivory.Este, abandonando las grampas,
llenó de gasas la cavidad del vientre. Comenzó a suturar la gran incisión.
No había hinchazón ahora. El estómago estaba vacío, hundido, pálido, por
la sencilla razón de que el enfermo había fallecido.-Ha muerto- dijo finalmente
el anestesista.En ese momento Ivory dio su última puntada. Aseguró metódicamente
la sutura con clips y se volvió hacia la bandeja de instrumentos para
dejar las tijeras.-Es una lástima -dijo con su voz mesurada, mientras
se quitaba el delantal-. Evidentemente fue un shock... ¿No le parece,
Gray?El anestesista refunfuñó una respuesta. Estaba ocupado desmontando
su aparato.Manson siguió a Ivory escaleras abajo, en dirección a la sala
de espera.-Estimada señora -dijo el cirujano en tono compasivo-, temo...
tememos tener que darle malas noticias.La pobre mujer se retorció las
manos.-¿Cómo?-Su desafortunado marido, señora Vidler, a pesar de todo
lo que hicimos por él...Abatida, la señora Vidler se desplomó sobre la
silla, con el rostro pálido y las manos agarrotadas.-¡Harry! -Gimió con
voz desgarradora-. ¡Harry!-Puedo asegurarle -prosiguió Ivory-, que ningún
poder sobre la tierra hubiera podido salvarlo.-Eso es lo más consolador
que usted pudiera haberme dicho, doctor- dijo ella, a través de sus lágrimas.-Le
mandaré una religiosa.Ivory salió de la sala y una vez más Andrés lo siguió.
En el extremo del corredor estaba la oficina vacía, cuya puerta se hallaba
abierta. Ivory entró y buscó la cigarrera.-Bueno, está terminado -reflexionó
fríamente-.
Lo
lamento, Manson. No creí que ese quiste fuera hemorrágico.
Pera
estas cosas ocurren en los servicios mejor atendidos, usted sabe."
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