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| Salud al margen |
| Historia con salud |
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De La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, por Néstor Luján. Planeta, Barcelona: 1988.
Digamos
que antes, para entrar en un burdel como la mancebía de las Solanas,
una joven tenía que aportar un documento ante el juez de su barrio,
conforme era mayor de la edad de doce años, que había perdido
la virginidad, era huérfana de padres desconocidos, o abandonada
por la familia, siempre que ésta no fuese del estamento noble.
Había una ceremonia al efecto: se presentaban ante el juez, quien,
patriarcal y escéptico, les enjaretaba un sermón sin convicciones,
citado con voz monótona y sacristanesca y en el que las invitaba
a desistir de sus torcidos intentos. Después de esta deslucida
plática moral, que normalmente no las convencía, les otorgaba
un documento donde las Con ello hemos de señalar que la salud en el mundo del vicio madrileño andaba muy de capa caíada. La aparición masiva de la sífilis ocurrió a finales del siglo XV. Esta era la enfermedad que más temían y que aparece frecuentemente en la poesía satírica y en la narrativa de la época. Ya en el siglo anterior, la sífilis es principal protagonista de La lozana andaluza. La lozana, a pesar de que hoy ese adjetivo significa salud y frescura, era sifilítica, según lo explica punto por punto su autor. La presenta con huellas visibles de la enfermedad, desde una estrella en la frente hasta la pérdida del vello, aunque no de la cabellera. En el Madrid del siglo XVII las alusiones a la sífilis son constantes y en ellas es especialista sobre todo Francisco de Quevedo, que alude al que entonces en España se llamaba «mal francés» y en Francia «mal napolitano» o «español», junto a enfermedades como el «caballo» [n. de R.: según el Diccionario de la Academia, «tumor de origen venéreo, generalmente en la región inguinal»)]. Así alude Quevedo a esta enfermedad contagiosa: Mujer
hay en el lugar También
Cervantes habla de la sífilis en su novela El casamiento engañoso,
refiriéndose al alférez Campuzano: «A lo si estoy
en esta tierra o no, señor licenciado Peralta, el verme en ella
le responde; a las demás preguntas no tengo qué decir, sino
que salgo de aquel hospital, de sudar catorce cargas de bubas que me echó
a cuestas una mujer que escogí por mía, que non debiera.»
Insiste Cervantes en la misma obra en uno de los inevitables efectos de
las bubas sifilíticas, que era la alopecia, denominada vulgarmente
lupicia y también, a lo italiano, pues de Italia venía la
enfermedad, «pelarela.»
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