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Durante
cuarenta y un años apareció en Buenos Aires Caras y Caretas,
aquel «semanario festivo, literario, artístico y de actualidades»
fundado por Manuel Mayol y eficazmente dirigido en sus comienzos por
José S. Alvarez. La revista supo reflejar en sus páginas, con gracia
y fidelidad, la vida argentina de aquella época. Hoy, cuando todavía
gran cantidad de ejemplares de Caras y Caretas se ofrecen a
la curiosidad en bibliotecas y librerías de Buenos Aires y otros muchos
puntos del país y de América, todo su contenido es igualmente instructivo,
aleccionador y digno de reflexión. No escapan a ello los avisos, que
suelen ser un mejor espejo de la sociedad que muchos artículos de
fondo.
CONTRA LA
CALVICIE, NO
Observe la imagen
que aquí reproducimos. Con ambigüedad no desconocida en tiempos
más modernos, los agentes publicitarios de la casa Escalada, única
y exclusiva distribuidora del afamado compuesto de apio de Payne,
presentaban al señor de la ilustración como «cónsul de México en
los Estados Unidos» (¿dónde? ¿en qué ciudad?). Si hemos de creer
al aviso, el adusto señor Guerra hacía uso del celebérrimo compuesto
para reponer su extenuación. Ese uso sería interno, nos imaginamos,
es decir per os; el compuesto vendría en forma de tónico.
Y los porteños de la época acudirían a la farmacia de su barrio,
o directamente a la calle Piedad (hoy, Bartolomé Mitre) para solicitar:
«Disculpe, ¿ya recibió el compuesto de apio de Payne?». O bien para
preguntar: «¿Sirve también para mi nene de seis años, que acaba
de repetir el grado, el muy burro?».
Eso sí, de una
cosa estamos seguros: el compuesto de apio de Payne no tenía interés
dermatológico. Vamos, que para hacer crecer el pelo no servía...
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