| PUNTO
UNO: EL POLO MATINAL DE LA ANGUSTIA
«Te despertás
mal por la angustia» me dijo un amigo, Pancho, un psicoanalista
cordial y muy atorrante, que sospecha que estoy destrozado pero,
por prejuicios, no iba a hacérmelo notar si yo no le consultaba.
[...] «Es el polo matinal de la angustia, macho.» [...] «Mirá, lo
único que te puedo aconsejar es que arranqués temprano. No tomés
un carajo, ninguna pastilla para dormir, nada. Cansate. Y si te
despertás a las cinco o seis de la mañana, no des vueltas al pedo
ni te des máquina, arrancá. Porque estás hecho moco a una hora inútil.
Acordate, lo tuyo es solucionable, tenés que superar el polo matinal
de la angustia...»
PUNTO DOS:
TEMORES FISICOS
Siento, lo que
nunca, temores físicos. Tengo miedo de que se me quiebre la salud,
por ejemplo que me tengan que internar, que operar de algo, que
me lleven tal vez a la sala de terapia intensiva. Me imagino lleno
de cables, con suero y transfusiones, con calmantes, con una enfermera
que me pone el papagayo [orinal] o que me limpia el culo. Ocurre
que tengo cuarenta años y estoy entero, y siempre consideré que
la enfermedad es, ante todo, un error. Jamás dormí en un sanatorio
en situación de paciente y paso largos inviernos sin siquiera resfriarme;
solía decir que yo no tenía tiempo para enfermarme, que eso era
un lujo o apenas una equivocación. Y ahora, casi seguramente por
el huevo de la inactividad, apechugándola afectivamente y cambiando
dólares como un estúpido, y en perdedor, me sale por ejemplo un
orzuelo en el ojo. ¡Pero cómo me va a salir un orzuelo a mí! Y me
aparece un grano asqueroso en un testículo, me lo aprieto y del
huevo me sale pus; ¡por favor, cómo me están dando! O me duele mucho
la garganta y siento que tengo algunas dificultades motrices, y
me mareo casi al punto del desvanecimiento; dicen que puede ser
de la presión, que me tengo que dar con un efortil, o fortil, no
sé, compuesto o algo así. Y me siento un aliento horrible, como
con gusto a mierda. Y tengo que ponerme, aparte, una crema que se
llama Micolis, una crema para combatir los hongos que me salieron
en la piel. ¡Hongos en la piel, la putísima madre....! Y antes de
las comidas tomo una cápsula de pospandril, y con el desayuno una
de stresstabs, y para dormir me doy con medio kalmalín y durante
el día a veces me ayudo, para levantarme la fe, con medio tamilán.
Soy, lo confieso, un adicto, pero módico [...].
Cuento con demasiado
tiempo para temer, y dudo espantosamente de mis órganos. Me preocupa
el funcionamiento de mi vesícula y el asunto ese del colesterol,
de la diabetes. Siento que me canso, o que me agito, que en cualquier
momento se me va a acabar el aire; no puedo concentrarme, o tengo
un zumbido permanente en mis orejas, me duele la espalda, la cintura.
[...] Anoto direcciones de sanatorios cercanos al centro, por si
me agarra un ataque de algo en la calle, qué sé yo, un síncope por
ejemplo, o una pataleta de epiléptico; o tal vez se me rompen los
intestinos, o simplemente me vuelvo loco, o a lo mejor ya lo estoy.
PUNTO TRES:
ARRASTRANDOME
Nunca sabré
si fue un cólico, un calambre o la antesala de una úlcera, o simplemente
mi desesperación o la culminación de una conjura negra. Amanecí
con un fuerte dolor impreciso, que por comodidad podía ubicar en
los alrededores del estómago. Alcancé, no obstante, a salir de mi
casa; le compré al tano Salvador un par de diarios, y me acosté
a leerlos en el clásico diván azul de mi bulín [apartamento
que se suele tener para citas o vivienda, aunque en este texto se
trata de la oficina del escritor, n.d.R.] de la calle Hipólito
Yrigoyen. El dolor no cedía, y me asusté. Me puse a pensar que seguramente
debían internarme, justo a mí que me jactaba de no haber pasado
nunca una noche en un sanatorio y temía profundamente que la primera
vez que me internasen fuera la definitiva.
[...] Si consigo
pararme, me dije, será como un pequeño triunfo. De pie, a la muerte
puedo desafiarla mejor. Pero no pude, y tampoco podía volver al
diván; me dejé caer en el piso y, cuando noté que me arrastraba
como un gusano pensé que alguien, acaso no a lo lejos, estaba gozándome,
feliz por haberme puesto así. [...] Desconocía si se trataba o no
de la muerte, lo cierto fue que me dormí. Al despertar, posiblemente
en media hora, pude incorporarme sin ninguna dificultad. El dolor
había desaparecido por completo. No obstante, me sentía mareado
y con inconvenientes motrices, pero pude salir disparando del bulín
de la calle Hipólito Yrigoyen. Busqué cualquier bar porque lo necesitaba;
había dejado en el piso los diarios...
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