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Características
de la afección
Se trata
de una enfermedad infecciosa epidémica, aunque en ciertas
áreas del Africa occidental y de América es
endémica. La provoca un virus filtrable, que se transmite
al hombre por las picaduras de mosquitos de las especies Stegomyia
fasciata y Aedes aegypti (este último es
el que provocó el brote bonaerense de 1871 y el anterior,
muchísimo más leve, de 1858). La enfermedad
–también conocida con el espeluznante nombre de vómito
negro– se caracteriza por degeneración adiposa
del hígado y congestión de las mucosas del estómago
y los intestinos. Tras una incubación de 2 a 15 días
comienza por escalofrío, frío, cefalalgia frontal,
dolor lumbar y vómitos; estos dos últimos síntomas
son los más habituales. La fiebre se eleva con rapidez,
hay estreñimiento y vómitos frecuentes. Hacia
el cuarto día, las materias vomitadas son de color
rojo o negro, debido a la presencia de sangre. Es conocida
también como «tifus icteroide» o «fiebre tropical».
La llamada «fiebre amarilla del Mediterráneo» , no
está etiológica-mente relacionada con la verdadera
fiebre amarilla.
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La fiebre
amarilla no parecía poder enseñorearse de Buenos Aires,
con su clima en general templado y sus inviernos bastante rigurosos.
En realidad, el contagio llegó del norte; afectó primero
al ejército que terminaba de librar la guerra agresora de
la Triple Alianza (Argentina, Uruguay, Brasil) contra la república
del Paraguay; devastó después la provincia de Corrientes,
donde cobró dos mil quinientas víctimas sobre un total
de veinte mil habitantes, y por fin prendió en la orgullosa
capital.
A fines de 1871
se exhibió con éxito resonante en los salones del
Teatro Colón de Buenos Aires (entonces ubicado frente a la
histórica plaza de Mayo) el cuadro Episodio de la fiebre
amarilla, del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes. Representa
el momento en que los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich,
presidente y vocal, respectivamente, de la Comisión Popular,
penetran en una habitación de conventillo donde hay una mujer
joven, muerta en el suelo, junto a un bebé que pugna por
alimentarse de su pecho. El episodio parece haber ocurrido en la
realidad, el 17 de marzo de 1871; en general se sostiene que la
mujer, italiana, se llamaba Ana Bristiani, y estaba sola con su
hijo en ese conventillo de la calle Balcarce de Buenos Aires, pues
su marido se encontraba en la Boca del Riachuelo.
No son muchas
las huellas dejadas por la fiebre amarilla en la literatura. Apenas
si alguna referencia tangencial, como el poema que Jorge Luis Borges
dedica al cementerio de la Chacarita, abierto cuando la epidemia
colmó la capacidad de los que ya existían. En el ámbito
historiográfico se destaca, en nuestra época, el artículo
que el doctor Miguel Angel Scenna (oftalmólogo de profesión,
historiador por vocación y entusiasmo) publicó en
1970 en la revista Todo es Historia, de Buenos Aires. Ese
trabajo, muy comentado, sirvió de base para un libro imponente
del mismo autor, Cuando murió Buenos Aires, publicado
en 1975. Por fin, en 1978 el director cinematográfico Leopoldo
Torre Nilsson, en cumplimiento del plan que se había impuesto
de recrear en una serie de películas el pasado argentino
y algunos hitos trascendentales de la literatura del país,
rodó y estrenó el largometraje Fiebre amarilla.
LAS
MEDALLAS DE LA FIEBRE
Como consecuencia
de la fiebre amarilla vio la luz la primera orden de caballería
argentina. El 21 de junio de 1871, una comisión de homenaje,
con el auspicio del gobierno, creó la Orden de los Mártires,
cuya máxima condecoración sería la Cruz de
Hierro en el grado de Caballero. Fue otorgada a 48 miembros de la
Comisión Popular que había batallado contra la fiebre.
En siete de esos casos, el galardón fue póstumo: los
elegidos habían sucumbido a la fiebre. La Cruz era de acero
bruñido, con una cinta a rayas amarillas y negras; debía
ser usada en el ojal superior. El precio de su realización
fue pagado por suscripción popular.
También
existe una medalla acuñada por el grabador Rosario Grande,
por encargo de la Municipalidad [Ayuntamiento] de Buenos Aires.
Fue realizada en cobre, plata y oro. En el anverso presenta el tradicional
escudo de la ciudad, enmarcado de laureles y cintas argentinas,
y la leyenda LA MUNICIPALIDAD DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES;
en el reverso, entre ramas de laurel, se lee A LOS SERVIDORES
DE LA HUMANIDAD.
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