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Arturo
Uslar Pietri es el más brillante de los escritores venezolanos de la generación
siguiente a la de Rómulo Gallegos. Nacido en Caracas en 1906, ejerció el periodismo y la
política; ha escrito cuentos, novelas entre ellas una de larga fama, Las lanzas
coloradas, sobre la guerra de Independencia, ensayos y teatro. El presente relato
registra con rara agudeza el cúmulo de sentimientos que asalta a un estudiante de
medicina ante su primera práctica de disección.
Era su primer cadáver.
Casi
no podía ver otra cosa que aquella estrecha mesa de disección
sobre la que la lona que cubría el cuerpo formaba una pelada cordillera,
como las de los paisajes de la luna. Era como si no hubiera más
nadie en la espaciosa sala. Ni siquiera el compañero de trabajo
había llegado. No había para él sino aquella rugosa e informe
masa blanca de la tela. Debajo estaba el cadáver.
También era blanca su bata de estudiante y estaban blancas y frías
sus manos debajo de los guantes de caucho transparente. Levantó
lentamente el borde superior y apareció la cabeza del muerto.
Era un hombre maduro; tal vez prematuramente envejecido. Tenía
marcas y arrugas en el rostro. Fuertes estrías o surcos, como
se les forman a las gentes que viven al sol o al viento. Podía
ser un marinero, o un campesino o un peón de albañilería. Gente
de andamio en pleno sol. O un mendigo. Calle arriba y calle abajo,
jornada tras jornada.
Le habían
adjudicado ese cadáver, así como le habían entregado una bata
y unos guantes y un equipo de pinzas, sierras y cuchillas. Podían
haber sido cuarenta, o cuarenta y cinco, o cincuenta años, los
que aquel hombre había andado en la vida. De todo lo que había
pasado por aquel cuerpo no quedaban sino vagos indicios. Con lentitud
levantó la lona y lo descubrió hasta medio cuerpo. Sintió el pudor
de desnudarlo por entero. Tenía el pecho ancho y poderoso, una
estructura de luchador y de faenero. No se le veía huella de herida
ni de golpe. Había que verle las manos; pero antes miró con temor
una placa de plástico que, atada a una cuerda, le pendía de la
muñeca izquierda. Escrito a mano con torcidas letras de imprenta
estaba el nombre: «Simeón Calamaris».
Un hombre venido de
lejos
Con voz queda,
inclinándose hacia el oído del muerto, dijo como llamando:
Simeón
Calamaris.
No pasó nada. En vida
se hubiera sacudido, hubiera vuelto el rostro con asombro: alguien lo llamaba por su
nombre. Hubiera vuelto el rostro con sorpresa y hasta con agrado: alguien lo conocía y lo
llamaba. Pero ahora era como si nadie lo llamara. Aquel pabellón auditivo que había sido
tan extraordinariamente sensible a aquellas dos palabras las dejaba pasar como si no las
conociera. Era menos que un perro con el nombre en el collar; un perro habría
correspondido con un movimiento del rabo.
No eras muy
grande, Simeón Calamaris.
No
era un nombre común en el país. Sonaba a cosa lejana y desconocida.
Podía ser un nombre de griego o de sefardita, de Corfú o de Salónica,
o de gente de Alejandría, de Beirut o de Estambul. Con aquel nombre
tan excitante y rico había venido aquel hombre de alguna ciudad
con minaretes y ruinas griegas e iglesias bizantinas. De una ciudad
blanca y rosa, con finas torres, pobladas de turistas, prostitutas
y contrabandistas; con mar, olivares, pinos parasoles, cedros
y velas. ¿Cuál sería la lengua de Simeón Calamaris? Ni siquiera
una lengua establecida, sino algún dialecto de ensenada del Mediterráneo
oriental. Era lo que los viejos libros llamaban un hombre del
Levante; un levantino.
Debió ser larga
y tortuosa la peregrinación que trajo el cuerpo de Simeón Calamaris
de aquel puerto de pasas, aceite y vino, al través de las penínsulas
dentadas de Europa y más allá del Atlántico Norte y de las Antillas,
hasta aquella mesa de disección anatómica de la Escuela de Medicina,
para entregárselo a él. Volvió a observar que no tenía ni herida
ni golpe visible. Debió morir repentinamente; un dolor brusco
en el corazón, la ruptura de unas venas y se había quedado en
el suelo de la calle, o en la cama de la posada con la frase sin
terminar, con la diligencia sin hacer, con el recado sin dar,
con la promesa sin cumplir, con la espera sin llegar. El nombre
lo hallarían en el registro de la posada, en un papel en el bolsillo
o en la dirección de una vieja carta.
Ahora
estaba allí para él. Era como suyo. Le había sido dado y entregado.
Era curioso lo que sentía; nada ni nadie habíale sido dado tan
totalmente como aquel cuerpo. Le pertenecía de un modo más completo
y final que sus padres, que su hermana, que su casa, que sus amigos.
Simeón Calamaris era sólo suyo.
Sintió,
con la sorpresa de quien despierta, que había llegado su compañero
de estudios. Lo vio como si fuera la primera vez; era una cara
que se movía y hablaba, un cuerpo que gesticulaba. El compañero
había terminado de escoger instrumentos en la mesa, y ahora le
hablaba:
Vamos a empezar
por el cráneo. Coge la sierra. |