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Una precisa descripción de Elías Castelnuovo La salubridad en una imprenta de Buenos Aires en 1930 La Editorial
(1930), publicado en la revista dominical de
La Nación el 3 de agosto de 1930.
Curiosamente, la otra gran pasión de Casteinuovo, fue la medicina. Se vinculó a ella a través de su amigo, el cirujano rosarino Lelio Zeno, de quien el escritor fue ayudante quirúrgico, sin mengua de haber atendido un consultorio en el Delta y de haber asistido a varios partos. Parte de esta afición de Casteinuovo se vislumbra en su obra, donde siempre adquieren gran presencia los estragos de las "enfermedades sociales" en el ambiente laboral de la época. Tiníeblas y el texto aquí transcripto, extraído de La Editorial, pueden dar ejemplo de ello: « El preparado industrial con que se trabaja, compuesto por una parte de plomo, otra de estaño y otra de antimonio, agota, sin duda, las reservas del cuerpo y obliga a los obreros a recurrir a los estimulantes. En estado de reposo o en estado de ebullición, el metal gráfico produce lo mismo, a la larga, idénticos estragos en el organismo del hombre. No corroe de golpe como el ácido nítrico. Eso no. Corroe con lentitud y alevosía, por etapas, imperceptiblemente como el verdín. Tampoco lo hace de frente, a la vista y paciencia de la víctima que aguanta con toda la intrepidez de su ignorancia el proceso espantoso de su propia destrucción. Lo hace a mansalva, subterráneamente, ocultándose como el cáncer que ha menudo se pasa diez o veinte años enquistado, sin salir a la superficie, afilando las garras entre las sombras de alguna cavidad. Cuando se advierte su presencia, ya se tiene un agujero en las tripas o una caverna en el pulmón. Las emanaciones del plomo no sólo afectan al cuerpo. Afectan, también, el espíritu, determinando una melancolía siniestra y agorera. La pigmentación sufre, por su parte, una transformación violenta. El rostro se pone verde o amarillo. De un verde, a veces, cadavérico o de una amarillez terrosa y anémica. Siempre que no se ponga blanco como una pared. El plomo ataca preferentemente las vías respiratorias, en tanto que el antimonio prefiere el aparato digestivo, donde trastueca el sistema de la nutrición. El estaño, por su lado, pasa en forma de cioruros al torrente circulatorio, a través del pellejo, y envenena la sangre. Partículas del compuesto industrial se depositan en la boca y subvierten con el tiempo los contornos de la fisonomía. Las encías se retraen, se pudre la dentadura y el mentón cae y se alarga progresivamente. Mientras los crisoles de las linotipos exhalan el tóxico por ebullición, las cajas, sobre los caballetes, instilan los vahos maléficos del veneno dormido. En la fundición, asimismo, rebervera siempre una olla tremenda de metal derretido que contribuye poderosamente a sofocar la escasa ventilación de la galería.»
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Sociedad
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