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En el año anterior, el doctor Juvenal Urbino había
celebrado los ochenta con un jubileo oficial de tres días,
y en el discurso de agradecimiento se resistió una vez
más a la tentación de retirarse. Había dicho:
«Ya me sobrará tiempo para descansar cuando me muera, pero
esta eventualidad no está todavía en mis proyectos».
Aunque oía cada vez menos con el oído derecho y
se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata
para disimular la incertidumbre de sus pasos, seguía llevando
con la compostura de sus años mozos el vestido entero de
lino con el chaleco atravesado por la leontina de oro. La erosión
de la memoria, cada vez más inquietante, la compensaba
hasta donde le era posible con notas escritas de prisa en papelitos
sueltos, que terminaban por confundirse en todos sus bolsillos,
al igual que los instrumentos, los frascos de medicinas y otras
tantas cosas revueltas en el maletín atiborrado.
Medicinas
secretas
Tenía
una rutina fácil de seguir, desde que quedaron atrás
los años tormentosos de las primeras armas y logró
una respetabilidad y un prestigio que no tenían igual en
la provincia. Se levantaba con los primeros gallos, y a esa hora
empezaba a tomar sus medicinas secretas: bromuro de potasio para
levantarse el ánimo, salicilatos para los dolores de los
huesos en tiempo de lluvia, gotas de cornezuelo de centeno para
los vahídos, belladona para el buen dormir. Tomaba algo
a cada hora, siempre a escondidas, porque en su larga vida de
médico y maestro fue siempre contrario a recetar paliativos
para la vejez: le era más fácil soportar los dolores
ajenos que los propios. En el bolsillo llevaba siempre una almohadilla
de alcanfor que aspiraba a fondo cuando nadie lo estaba viendo,
para quitarse el miedo de tantas medicinas revueltas.
A los ochenta
y un años conservaba los modales fáciles y el espíritu
festivo de cuando volvió de Paris, poco después
de la epidemia grande del cólera morbo. El cabello bien
peinado con la raya en el medio seguía siendo igual al
de la juventud, salvo por el color metálico. Desayunaba
en familia, pero con un régimen personal: una infusión
de flores de ajenjo mayor, para el bienestar del estómago,
y una cabeza de ajos cuyos dientes pelaba y se comía uno
por uno masticándolos a conciencia con una hogaza de pan,
para prevenir los ahogos del corazón.
Especialista
en casos perdidos...
Almorzaba
casi siempre en su casa; hacía una siesta de diez minutos
sentado en la terraza del patio, luego leía durante una
hora los libros recientes y le daba lecciones de francés
y de canto al loro doméstico. A las cuatro salía
a visitar a sus enfermos, después de tomarse un jarro grande
de limonada con hielo. A pesar de la edad se resistía a
recibir a los pacientes en el consultorio, y seguía atendiéndolos
en sus casas, como lo hizo siempre. Aunque se negaba a retirarse,
era consciente de que sólo lo llamaban para atender casos
perdidos; pero él consideraba que también eso era
una forma de especialización. Era capaz de saber lo que
tenía un enfermo sólo por su aspecto. Cada vez desconfiaba
más de los medicamentos de patente, y veía con alarma
la vulgarización de la cirugía. Decía: «El
bisturí es la prueba mayor del fracaso de la medicina».
Pensaba que con un criterio estricto todo medicamento era veneno,
y que el setenta por ciento de los alimentos corrientes apresuraban
la muerte. «En todo caso -solía decir en clase-, la poca
medicina que se sabe sólo la saben algunos médicos.»
De sus entusiasmos juveniles había pasado a una posición
que él mismo definía como un humanismo fatalista:
«Cada quien es dueño de su propia muerte, y lo único
que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo
ni dolor». Pero a pesar de estas ideas extremas sus antiguos alumnos
seguían consultándolo, pues le reconocían
eso que entonces se llamaba ojo clínico.
Frecuentación
de la muerte
Hasta los
cincuenta años no había sido consciente del tamaño
y el peso y el estado de sus vísceras. Poco a poco, mientras
yacía con los ojos cerrados después de la siesta
diaria, había ido sintiéndolas dentro, una a una,
sintiendo hasta la forma de su corazón insomne, su hígado
misterioso, su páncreas hermético. Cuando se dio
cuenta de sus primeros olvidos, apeló a un recurso que
le había oído a uno de sus maestros en la Escuela
de Medicina: «El que no tiene memoria se hace una de papel». Sin
embargo, fue una ilusión efímera, pues había
llegado al extremo de olvidar lo que querían decir las
notas recordatorias que se metía en los bolsillos.
Por pura experiencia,
aunque sin fundamento científico, el doctor Juvenal Urbino
sabía que la mayoría de las enfermedades mortales
tenían un olor propio, pero ninguno era tan específico
como el de la vejez. Lo percibía en los cadáveres
abiertos en canal en la mesa de disección, lo reconocía
hasta en los pacientes que mejor disimulaban la edad, y en el
sudor de su propía ropa y en la respiración inerme
de su esposa dormida.
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