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Mario
Benedetti nació en Tacuarembó en 1920. Vivió
en Montevideo, Buenos Aires, Barcelona (exiliado de su país
) y de nuevo en la capital uruguaya. Ha escrito relatos
(Montevideanos), novelas (Gracias por el fuego, La tregua),
ensayo y poesía. «Al perderte yo a ti / los dos
hemos perdido...» son por ejemplo dos versos
mágicos que ningún lector en castellano puede
olvidar, como otros equivalentes de Rubén, Bécquer
o Amado Nervo. Pero quizá Benedetti sea, por sobre
todo, la voz colectiva de Montevideo; esa ciudad de
cafés, de bellas ramblas y de amistades interminables. |
Cuando Agustín sintió
un fuerte dolor en el pecho, anunció de inmediato a sus familiares:
«Esto es un infarto.» Sin embargo, el médico diagnosticó
aerofagia. El dolor se aplacó con una cocacola y el regüeldo
correspondiente.
Fue en esa ocasión
que Agustín advirtió por vez primera que la forma
más eficaz de exorcizar las dolencias graves era, lisa
y llanamente, nombrarlas. Sólo así, agitando su
nombre como la cruz ante el demonio, se conseguía que las
enfermedades huyeran despavoridas.
Un año después,
Agustín tuvo una intensa punzada en el riñón
izquierdo y, ni corto ni perezoso, se autodiagnosticó:
«Cáncer.» Pero era apenas un cálculo, sonoramente
expulsado días más tarde, tras varias infusiones
de quebra pedra.
Pasados ocho meses el
ramalazo fue en el vientre y, como era previsible, Agustín
no vaciló en augurarse: «Oclusión intestinal.» Era
tan sólo una indigestión, provocada por una consistente
y gravosa paella.
Y así fue ocurriendo,
en sucesivas ocasiones, con presuntos síntomas de hemiplejía,
triquinosis, peritonitis, difteria, síndrome de inmunodeficiencia
adquirida, meningitis, etcétera. En todos los casos, el
mero hecho de nombrar la anunciada dolencia tuvo el buscado efecto
de exorcismo.
No obstante, una noche
invernal en que Agustín celebraba con sus amigos en un
restaurante céntrico sus bodas de plata con la Enseñanza
(olvidé consignar que era un destacado profesor de historia),
alguien abrió inadvertidamente una ventana, se produjo
una fuerte corriente de aire y Agustín estornudó
compulsivo y estentóreamente. Su rostro pareció
congestionarse, quiso echar mano a su pañuelo e intentó
decir algo, pero de pronto su cabeza se inclinó hacia adelante.
Para el estupor de todos los presentes, allí quedó
Agustín, muerto de toda mortandad. Y ello porque no tuvo
tiempo de nombrar, exorcizándolo, su estornudo terminal.
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