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![]() Imagen satelital de las Islas Malvinas. Foto de Instituto Geográfico Militar de la República Argentina |
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A continuación se reproducen, con
la autorización expresa de su autor, párrafos de la narración efectuada
por el mayor médico Dr Andino Luis Francisco Quinci para el libro compilado por Héctor
Rubén Simeoni, Malvinas.
Contrahistoria, Editorial
Inédita, Buenos Aires, 1984
(pags. 147 a 151). “Me destinaron como logístico de sanidad del Teatro de Operaciones, integrando un grupo que se distinguía con la sigla C.O.L. (Centro de Operaciones Logísticas). Llegué el 8 de abril. Este organismo era el encargado de realizar todas las tareas que hacen al mantenimiento de la aptitud combativa del individuo: aprovisionamiento de ropa, de víveres, de municiones, de cualquier otra cosa que pudiera llegar a hacer falta.
Como
es lógico, a mí me asignaron en el área de sanidad. En esa primera
etapa hubo que pensar en todo. Yo le decía en broma a un camarada que se
trataba de una situación parecida a cuando uno sale a pasar un día de
campo. No conviene olvidarse de nada, porque después resulta imposible
volver a casa a buscarlo.
Desde
el primer día tuve que moverme en el hospital militar de Puerto
Argentino. Allí me entendí perfectamente con su director, mayor médico
Enrique Ceballos, que hasta el 2 de abril había estado dirigiendo el
hospital de Comodoro Rivadavia. A este hospital “lo mudaron” íntegramente
a Malvinas.
Después
del primer ataque, el 1º de mayo, vivía y dormía en el hospital. Cambié
las actividades logísticas por las asistenciales, porque hacía más
falta en el quirófano y en las salas, junto a los enfermos. En conjunto
llegamos a ser unos 30 profesionales.
El
centro de asistencia se había instalado en un edificio que los ingleses
habían destinado a colonia infantil, pero que no había sido habilitado
por fallas en la estructura de construcción. Entonces, nunca había
funcionado. Era totalmente nuevo. Tenía dos salas, que se unían con otra
transversal, la construcción formaba una “H”. Era un sitio bastante
apropiado para lo que se necesitaba. Enseguida se organizaron cuatro quirófanos
–capaces de funcionar simultáneamente- y una serie de salas y
habitaciones que permitían albergar entre 40 y 50 internados. En los
momentos de combate duro hemos llegado a ocupar más de cien camas. Pero
este rebasamiento de la capacidad es bastante común en los hospitales de
guerra. No se puede prever cuántos heridos se van a producir en un
determinado combate”. .................................................................................................................................
“Allí,
en Malvinas, comprendí que estábamos pagando el precio de haber pasado más
de cien años en la paz más absoluta. Nuestras Fuerzas Armadas habían
perdido en algo la noción de cuál es la real dimensión de la guerra.
Una cosa es conocerla en teoría, en los papeles, en los libros, en los
mapas y aun en las maniobras, pero otra cosa bastante distinta es entrar
en contacto con ella, practicarla y sufrirla. Eso puede explicar, en
parte, que al principio todo haya sido bastante desorganizado y se notaran
algunas carencias importantes. Pero no fue un fenómeno aislado. También
se dio en otras áreas. Por ejemplo, un buen día se advirtió que eran
pocas las cocinas disponibles para preparar comida caliente; y como al
principio sobró comida, un buen día faltó. U no se podía hacer nada
para solucionar el problema. Exactamente igual que cuando uno, en un día
de campo, se olvida los fósforos.
Es
cierto que el hospital militar de Comodoro Rivadavia había sido, como
dije antes, trasladado por completo a Puerto Argentino. ¿Pero alcanza
esto para las necesidades de una campaña prolongada e intensa? Con el
correr del tiempo se hizo notable la falta de instrumental en el área
quirúrgica, y especialmente en traumatología. No se trataba de imprevisión,
a veces la culpa también hay que achacársela a la falta de experiencia
práctica.
Las
otras fuerzas colaboraron muy estrechamente con nosotros. No se hacían
distingos de ninguna clase. A nadie se le hubiera ocurrido alegar: esto es
mío, lo otro es suyo. Quedó claro que todo elemento estaba disponible
para atender a quien lo necesitara. En el área de sanidad establecimos un
vínculo muy sólido a principios de abril y así seguimos trabajando
hasta que se terminó la cosa”. ...................................................................................................................................
“A
partir del bombardeo del 1º de mayo comenzó realmente el trabajo masivo.
Ese día, los heridos llegaban en oleadas. Habíamos montado una sala de
recepción y clasificación: el criterio a utilizar estaba basado en la
gravedad del paciente. Después, se los pasaba, si hacía falta, a los
diferentes quirófanos para operarios. No había sitio para un respiro.
Los médicos y enfermeros podíamos hacer cualquier cosa menos estar
cansados. Ese día tuvimos realmente la comprobación de que estábamos en
guerra.
Llegaban
los aviones, descargaban las bombas, los misiles los perseguían. Después
de cada incursión empezaban a llegar los heridos. Y los ayes y las quejas
de... esos chicos... esos chicos de 18 años. Se portaron demasiado bien,
debemos pensar que eran chicos... chiquilines que recién empezaban a ser
soldados; algunos de habían puesto el uniforme hacía veinte o treinta días
atrás. Apenas si tenían un barniz de instrucción militar... Y se las
aguantaron mucho mejor de lo que nadie se imaginaba. Mucho mejor.
Las
historias truculentas abundan en la memoria de cualquier médico, pero no
voy a incurrir en el golpe bajo, no voy a describir ningún caso heroico
en particular. Quiero hablar de toda la heroicidad, porque la
“propaganda negra” ha hecho que no se reconozca el heroísmo de estos
chicos. Les arrebataron su cuota de gloria. A duras penas se admite que
los pilotos fueron valientes –y eso porque no queda otro remedio-, pero
nadie se preocupó en saber qué pasó con nuestra gente que estaba en
tierra.
Lo
remarco porque eran chicos que recién salían del calor de su casa. Y se
aguantaron todo: el hambre, el frío, el no poder cambiarse, el no poder
bañarse, combatir en las tremendas condiciones adversas a que estaban
sometidos, por imperio de las circunstancias, y encima que los hirieran,
que los mataran...
Y
se las aguantaron todas. Alguien podría decirme que no tenían otro
remedio, que no podían escaparse a nado de la isla. Pero yo no recuerdo a
ninguno que llorara, que empezara a gritar por una crisis histérica ni
ninguna cosa por el estilo; a lo sumo, llegaba al hospital alguno más
deprimido que otro, pero puedo dar fe de que no tuvimos problemas graves
de desadaptaciones psíquicas. Sostengo todo lo contrario: se portaron
demasiado bien para ser tan chicos”. ...................................................................................................................................
“Nosotros,
los de mayor edad, esperábamos de manera subyacente que la guerra no
fuera prolongada porque sabíamos lo que podía pasar. Era de esperar que
la situación fuera muy dura, que el bloqueo se hiciera cada vez más
virulento y que, con cada día que pasara, menos cosas nos iban a llegar.
Teníamos
absoluta conciencia que uno de los problemas graves que habría que
enfrentar iba a ser el del aprovisionamiento de plasma. Y si bien siempre
le encontramos alguna solución de último momento, en algunos períodos
–afortunadamente muy cortos- no tuvimos sangre para hacer transfusiones.
A veces recurrimos a reemplazarla con otro tipo de líquidos. Y aquí
tengo que volver a destacar la colaboración de las otras fuerzas. Hubo
veces en que la Fuerza Aérea nos arrimó el frasco de plasma de
determinado grupo que nos estaba haciendo falta para salvar una vida. Otro
tanto hizo la Armada.” ................................................................................................................................... “La
guerra es exactamente lo que uno ve en cualquier buena película sobre ese
tema. Lo que ocurre es que, a partir del exacto momento en que uno se
convierte en actor o testigo presencial, se le transmite a todo el cuerpo
una especial vibración. No puedo describirla: será la de la bomba, la
del disparo, la del avión que pasa. Uno lo ve todo con los propios ojos,
pero también tiene en cuenta que está a merced de la bala o de la
explosión de la granada. El resto, salvo esa enorme diferencia, no es muy
distinto de lo que se ve en el cine. La responsabilidad del médico en esa situación (casi me parece redundante aclararlo) es hacer lo mismo que lo que hace todos los días durante la paz. La diferencia es que las circunstancias eran muy especiales en cuanto al tiempo disponible, al clima, al material. Curábamos
heridas, atendíamos enfermos. A alguien que no está bien (por herida o
enfermedad) hay que atenderlo con igual premura allá que acá. La
urgencia lo es en cualquier parte. El término “urgente”, del que se
abusa tanto en la vida diaria, para nosotros tiene otro significado:
existe la urgencia cuando algo pone en peligro la vida o la viabilidad de
un órgano o un miembro del individuo. Pero
yo hablaba de las condiciones. Allá eran adversas, aunque sabíamos lo
que teníamos que hacer. Debo decir que desde el 1º de mayo vivimos
permanentemente atendiendo casos de urgencia, todos los días y a
cualquier hora”.
Llegué a las veinte horas
a la Escuela y escuché una voz que me llamaba por mi nombre: era el
teniente primero J.J.G., “Pepe”. Nos juntamos en un abrazo; me encontré
con el otro “Pepe”, el teniente primero R.M., comando perteneciente al
arma de Ingenieros, gran amigo de toda la vida. Nos preparamos juntos para
ir al curso de comandos allá por el 66 o 67. Lamentablemente él fue de
los que no volvieron de Malvinas; fue muerto en combate.
Llamé esa noche al mayor
a la casa y me ordenó estar a primera hora del domingo en la Escuela para
empezar a retirar equipo, hacer el plan de llamada; en fin, todos los
elementos que hacen a la formación de una compañía.
Ese domingo me encontré
con otros camaradas de la compañía; trabajamos todo el día e hicimos un
descanso al atardecer. Seguimos así, el lunes nos dijeron que
probablemente tuviéramos que salir el viernes o el sábado; y lo cierto
es que el martes ya nos dijeron la orden para marchar a las Malvinas. Es
decir, la compañía se formó en dos días y pico.
Los comandos somos todos
cuadros –oficiales y suboficiales- y en este caso tuvimos además el
agregado de unos suboficiales no comandos y un teniente primero más
cuatro soldados –los únicos de nuestra compañía- que tenían a su
cargo los Blow Pipe. Fuimos de la Escuela de Infantería a Palomar, de ahí
a Comodoro e hicimos el primer intento de cruce a Malvinas, que fue
interrumpido por problemas en Puerto Argentino. Esto era el 26 de mayo
aproximadamente.
Al día siguiente
intentamos por segunda vez el cruce. El Hércules se elevó a, creo, dos o
tres mil metros y más o menos a una hora de vuelo se mantuvo estacionario
a unos ocho metros sobre el nivel del mar, haciendo evasión de radares.
Hacia el final del viaje
nos advirtieron sobre la manera en que se debía abandonar el avión. Se
abrieron la puerta delantera hacia la izquierda, las puertas traseras y la
rampa. De la primera salió un suboficial con una soga para hacer una
pasarela de manera que nadie fuera hacia las hélices ya que era
totalmente de noche y sin luces para evitar ser detectados por el enemigo.
Dejamos los bolsos y
mochilas a un costado de la pista y comenzamos la tarea de bajar los
elementos del avión. A las rampas del avión que estaban cargadas con
munición, explosivos, comestibles, etcétera, simplemente se le soltaron
las amarras y, como tienen rodillos, el avión hizo una pequeña aceleración
y todo cayó hacia atrás por inercia. El avión, que nunca detuvo los
motores, inició inmediatamente el despegue.
Nosotros quedamos entonces
como perplejos. Luego besamos la pista, gritábamos ¡Viva la Patria!, se
escuchaba en respuesta el griterío de la tropa que estaba en ese lugar,
nos abrazábamos con algunos conocidos. Realmente una gran emoción un
momento inolvidable.
Posteriormente, todos a
colaborar para poder sacar rápidamente los elementos de ese lugar. La
maniobra se hacía a oscuras y era muy complicado, inclusive algunos
elementos se extraviaron. Era todo bastante confuso y no había mucho
orden, pero a bordo de camiones llegamos a Puerto Argentino.
Nos alojamos en el
gimnasio junto a los otros comandos, los de la 601, que estaban
combatiendo ya desde antes. También en incertidumbre porque encontramos
que mucha gente estaba faltando, muchos camaradas comandos que salieron en
misiones y que no habían regresado. Los ingleses ya estaban en la isla y
estaban haciendo de las suyas. No se sabía bien cómo estaba la cosa y
nosotros habíamos llegado un poco como para bailar con la renga. En la
peor parte, pero para eso habíamos ido.
Los primeros dos días nos sirvieron
para aclimatarnos. Hicimos marchas forzadas, adiestramiento físico,
probamos el equipo para saber si servía para marchar en temperaturas frías
y bajo la lluvia. Y por supuesto, probamos el armamento, lo limpiamos y
reglamos las miras. En definitiva nos preparamos para el combate.
Recibíamos mucha
información y teníamos contactos con elementos de Puerto Argentino para
apreciar la situación, hasta que comenzamos a salir en patrullas de
combate.
La primera patrulla que
salió fue la del capitán J.V. con trece hombres. Esta patrulla combatió
detrás de las líneas enemigas y sólo volvimos a saber de ellos al final
de la guerra, que –ya prisioneros- nos encontramos con los heridos de
esta patrulla en el “Canberra”. Renncontrarlos fue una gran emoción.
Prácticamente eran fantasmas para nosotros. Para colmo estaban vestidos
con una especie de mameluco blanco dado por los ingleses y que era el
uniforme de herido. Recibimos también la noticia de los que habían
muerto.
Luego nos unimos las dos
compañías de comandos y recibimos órdenes para marchar hacia la zona de
monte Kent para hacer patrullas de combate, fundamentalmente emboscadas, y
traer información.
Yo soy capitán y médico,
y en la patrulla de comandos esta dualidad se soluciona de la siguiente
forma. Si la misión lo permite, y de acuerdo con las circunstancias, actúo
como médico; es decir si hay bajas, actúo como tal.
En la compañía fui S1, es decir
oficial de personal, y tirador especial. Además hice el curso de buceo en
el 74 y estuve tres o cuatro años en una unidad de ingenieros haciendo la
parte de explosivos. Doy también “supervivencia” en el curso de
comandos. Por supuesto doy también sanidad, pero tengo una gran afinidad
con todo lo demás.
Cuando la patrulla tiene una misión,
hay que cumplirla. Ante todo está la misión, y caiga quien caiga hay que
cumplirla. Esto hay que tenerlo como norte siempre. Una vez cumplida la
misión y si las circunstancias lo permiten, nos ocupamos del personal.
También debo capacitar a mi gente
para que se autoabastezca en las necesidades de sanidad. Cada uno debe
saber qué hacer ante un número de problemas al respecto: calmar el
dolor, parar la hemorragia, reponer líquidos, evitar el shock. Estos son
los pasos mínimos que todos en mi compañía sabían. A eso se dirige la
instrucción de un médico en la compañía de comandos.
Debimos dejar muertos en
territorio enemigo pero recuperamos siempre a los heridos. No se dio el
caso extremo de tener que abandonar heridos para cumplir la misión. No sé
qué hubiéramos sentido si se hubiera presentado el caso, dado que
nosotros nos conocemos desde siempre. No somos muchos los comandos y se
establece entre nosotros un vínculo muy particular; realmente estamos muy
unidos. Debe costar tomar una decisión extrema así; pero en un caso de
este tipo, mi jefe me hubiera pedido asesoramiento para decidir si alguien
seguía o se quedaba, y yo tenía que estar preparado para contestar. O
sea, éste lo dejamos o lo llevamos, que es igual a decir se salva o se
muere...
Hay que tener en cuenta
que actuamos aislados, moviéndonos a pie dentro del dispositivo del
enemigo y contamos nada más que con nuestros medios. Tenemos una misión
que cumplir sí o sí y llevar un herido implica en esas circunstancias un
esfuerzo tremendo y la pérdida de la capacidad combativa en general.
Resumiendo, puedo decir que en los comandos soy mas capitán-médico que médico-capitán.
Volviendo entonces a las
órdenes de marchar al Kent y los cerros próximos, así lo hicimos.
Salieron varias patrullas y dos de ellas apenas echaron pie a tierra desde
los helicópteros, entraron en combate con el enemigo. Luego volvieron por
propios medios, o sea a pie, a nuestras líneas. Algunos le pusieron hasta
dos días con sus dos noches de marcha. Recuerdo que el primero que llegó
fue el capitán F.T. Ahí tuvimos bajas como la del teniente primero R.M.
(Pepe) que ya mencioné al principio y la del suboficial B.
Tuvimos también actos
heroicos como el del teniente primero L., que se quedó cuidando durante
dos días a un suboficial herido en el talón, esquivando al enemigo,
sufriendo temperaturas bajo cero y enterrados entre las rocas porque
estaban rodeados. Hasta que el segundo día se montó un operativo para
rescatarlos. En Land Rover y motocross, se llegó a la zona donde suponíamos
podían estar y logramos el rescate. Al suboficial hubo que amputarle el
pie. Para esa época el capitán E.H.L., que había arribado en el buque
hospital como piloto del helicóptero sanitario, nos trajo algunos
regalos: dulce, un jamón cocido. Hay que ver lo que fue para nosotros en
aquellas circunstancias que de repente llegara un jamón... Realmente nos
dio una gran alegría. También nos trajo noticias del continente, de las
que se estaba ávido; uno siempre quiere que le cuenten cosas...
Llevaba ya en la isla
varios días, veía que nuestra gente salía y no volvía; se acercaban
las misiones realmente de combate. Antes habían sido de exploración, de
tanteo, inclusive de control de población o, por la noche, algún tipo de
seguridad dentro de las instalaciones.
Un día se me ocurrió
meter la mano en un bolsillo y tenía algunas de las fotos que me había
puesto mi señora. Eran una docena de fotos de mi hija, de ella, de mis
padres y alguna en que estaba toda la familia reunida en una fiesta. Tuve
la intención de escribir la primera carta. Mi mujer me había dado hasta
el sobre con la dirección escrita por ella.
No sabía qué escribirle,
había tenido una comunicación telefónica con ella y le había dicho que
estaba todo bien en Puerto Argentino. La realidad era otra; la situación,
bastante fea; veíamos que estábamos ante riesgo inminente: los ingleses
traían mucho, muchísimo equipo.
Bueno, me motivé un poco
con esas fotos. Las puse arriba de una mesa debajo de la cual dormía para
protegerme, si caía un bombazo en el techo del gimnasio. Las puse en
semicírculo como mirándome. Empecé a escribir y me pasó algo, no sé
si positivo o negativo: me emocioné y estuve a punto de ponerme a llorar,
así que me dije que no me convenía mirar más las fotos. No quería
volver a pasar por ese momento.
Tenía también un par de
chocolates importados que me había dado mi mujer. Recordé que un capitán
tenía guardada una botella para tomársela al final de la guerra, así
que decidí guardarme uno de los chocolates para lo mismo. El otro lo
compartí como hacíamos con casi la totalidad de lo que teníamos. En el
lugar donde nos sorprendió el fin de la guerra me acordé del chocolate
restante y nos lo comimos no más.
Por suerte los ingleses no
me sacaron las fotos, el Rosario, una cruz de madera que me habían dado
en el curso de comandos, ni unos pesos que tenía.
Unos días después de
haber enviado esa carta recibí un telegrama de mi señora, en el cual me
decía que estaba embarazada. Me enteré de esto cuando ya estábamos
bastante metidos en la guerra.
Una noche tuvimos una misión
de combate, sería el 2 o 3 de junio, en el monte Wall. Salimos
desde el puesto del teniente primero C.A.A., jefe de la compañía “B”
en el monte Harriet, de destacada actuación, un gran oficial, para tener
en cuenta.
Habíamos comenzado por la
tarde con el intento de reglar el fuego de nuestra artillería, maniobra
ya de por sí delicada. Había dos baterías que tiraban en paralelo y se
dieron órdenes para la segunda. Por un malentendido, ésta recibió la
coordinación de la primera. Lo concreto es que nos cayó fuego de nuestra
propia artillería, que casi nos barre a todos. Posteriormente se regló
bien el tiro y fue lo que utilizamos para el ataque nocturno.
Los tiros cayeron muy, muy
cerca de la carpa donde estaba el “rancho” de la compañía “B”
del teniente primero C.A.A. Pero ellos estaban bastante acostumbrados a
recibir cañonazos, porque los barcos les tiraban todas las noches. A las
seis y media de la tarde, un soldado “ranchero” nos preparó la única
carne roja que pude comer en los quince días que estuve en la isla. La
comimos con la mano y con cuchillo, es decir, a diente y boca. También
nos dieron dulce de batata como postre.
Tomamos el armamento, nos
enmascaramos y salimos hacia el Wall. Debimos andar haciendo zigzag para
atravesar varios campos minados. Se veía muy mal y el oficial que había
reconocido el camino no encontraba las marcas que había hecho de manera
que anduvimos en un momento arriba de campo minado y tuvimos que regresar
sobre nuestra marcha rogando a Dios que no pasara nada. Por suerte así
fue.
Habíamos coordinado fuego
de artillería para las veintidós horas y teníamos que alcanzar un
punto. A esa hora la primera batería empezó a batir el Wall. Cuando iba
a hacer fuego la segunda batería, el mayor A.R. apreció que lo iba a
hacer donde estábamos nosotros. Ordenó entonces milagrosamente
adelantarnos como ciento cincuenta metros a una especie de zanjón. No habían
pasado dos minutos cuando los cañonazos empezaron a caer donde habíamos
estado.
El mayor no quiso perder más
tiempo y ordenó el asalto al monte. Pasamos al ataque y nos encontramos
con que los ingleses se habían retirado abandonando todo; supongo que por
el fuego de artillería. Había mucho equipo: mochilas completas, bolsas
cama, cascos, telémetros laséricos, radios, baterías de radio,
linternas de señales, comida, varios dispositivos de antenas. Es decir,
era todo un equipo para un puesto adelantado para pasar información hacia
atrás. Con sofisticados elementos además para la detección de nuestras
posiciones, tanto para apuntar como para reglar la artillería. Había
también paños para señalamiento de aterrizaje de helicópteros.
Tenían una posición muy,
muy sólida. Nos había costado mucho llegar esa noche a la cima de ese
monte y pienso que si los ingleses hubiesen estado se hubiera hecho difícil
tomarlo. Nosotros estábamos trepando muy de frente, pero por suerte se
fueron.
Yo llevaba un fusil
calibre 300 Magnum con mira telescópica, un arma muy fuerte. La noche era
muy fría y con llovizna y la marcha se había hecho toda a pie. A todo
esto hubo que agregarle la vuelta acarreando el equipo de los ingleses
inclusive como 8 ó 9 mochilas.
Nos apropiamos de
cualquier cantidad de material que habían abandonado; se veía que les
sobraba. Lo bueno fue que también dejaron comida, que por supuesto
probamos. Una vez que llegamos a la base abrimos las mochilas. En una en
particular, que se veía que era de un oficial de Royal Marines
encontramos una caja de cuero típicamente inglesa. Al abrirla nos
encontramos betún para zapatos, el cepillo correspondiente y una gamuza,
todo muy bien colocadito. Así que este hombre se recorrió 14.000 kilómetros
para estar en el medio de un monte perdido en las Malvinas, en un barrial
infernal ¡pero sin dejar su betún! Yo diría que en las Malvinas llueve
siempre y eventualmente sale el sol. Además el terreno es esponjoso. Esa
turba maldita es como una esponja en la que uno se entierra y se llena
siempre de barro. También tenía su afeitadora a pilas, otro objeto muy
importante en combate, en el medio de un cerro. Nosotros, apenas llegamos
nos habíamos dejado barba pues sistemáticamente todas las noches debíamos
enmascararnos la cara con betún, con los pasamontañas negros o
simplemente con barro. Al otro día le obsequiamos la afeitadora al
suboficial que más se había destacado en la patrulla a criterio del jefe
de sección. Todas estas cosas fueron registradas en notas con Nicolás
Kasansew, con la gente del periodismo que estaba allá y estaba ansiosa
por recibir información. Y parece que no era mucha.
Salíamos prácticamente
todas las noches. Las misiones eran todas nocturnas, esta guerra estaba
planteada así. Una vez salimos con una patrulla bastante fuerte a montar
una emboscada en las últimas estribaciones del Dos Hermanas (Two Sisters)
bastante cerca del Kent. La primera noche que la montamos recibimos la
alarma de un ala de la emboscada que nos indicaba que se aproximaban
alrededor de veinte ingleses. La cuestión es que pasaron a algo así como
cuatrocientos metros; solamente los podíamos ver con los anteojos de luz
residual –los visores nocturnos- y no pudimos entrar en combate. Hubo
una gran tensión dado que los veíamos ahí y no les podíamos tirar para
no perderlos, pues podía ser que se aproximaran para nuestro lado y
cayeran en la emboscada. Pero no fue así. Decidimos entonces volver a la
noche siguiente, teníamos firmes intenciones de agarrarlos. Para montar una emboscada se procedía así: se salía temprano, a las dos o tres de la tarde, para hacer el traslado en Land Rover o Unimog hasta las últimas líneas nuestras. A partir de allí había que empezar a visualizar todo lo que se movía hacia el otro lado, que obviamente era la tierra de nadie. Esto se hacía para tratar de tener con las últimas luces la línea de marcha; es decir, por donde uno se moverá. Ya de noche, se salía hacia las líneas del enemigo. Se salía, entonces, a las seis o siete para llegar a montar la emboscada más o menos a la una de la mañana. Es decir, caminábamos bastante metiéndonos por donde el enemigo se movía, para tratar de sorprenderlo.
Se montaba todo muy
sigilosamente, con mucha precaución, para que realmente fuera una
emboscada y tomar al enemigo de sorpresa.
A partir de que uno tomaba
su posición ya no había más comunicación entre los miembros de la
patrulla; tampoco movimiento. Simplemente se tenía vista a derecha e
izquierda a los compañeros y se esperaba al enemigo. Todos, por otra
parte, sabíamos lo que teníamos que hacer.
La noche de esta emboscada
hacía un frío terrible, muchísimo frío. Como debíamos estar en el
puesto sin movernos nos escarchábamos y nos íbamos poniendo blancos,
cosa que era habitual en esas misiones; pero esa noche era especialmente
fría.
Nos topamos allí con un
enemigo realmente muy capaz, con muy buenos elementos de apoyo, armamento
y visores. Lo cierto que es que ellos sorprendieron a un ala de nuestra
emboscada. Entramos en un combate muy violento, con mucho fuego por parte
del enemigo. Muchas bengalas que obligaban a agachar la cabeza un poco,
hasta que pasaran. Debíamos también detectar de dónde venían los
fogonazos. Esos primeros momentos son para organizarse un poco y ver de dónde
viene la cosa. Había muchos gritos por parte del enemigo, dado que daban
las órdenes en voz alta. Nosotros ya teníamos a todo esto dos muertos y
dos heridos. El enemigo realmente estaba haciendo las cosas muy bien. El
combate fue muy duro. El sargento M.C. cayó muerto a su lado el teniente
primero V. Fue herido en sus posiciones, más abajo hacia la izquierda. Lo
que sucedió con V. Es muy notable. Una granada o un mortero descartable
de esos que tenían los ingleses hirió al teniente primero que quedó
tendido boca abajo. Tenía varias esquirlas en el cráneo y quedó
atontado por la explosión. Se arrimó el enemigo e intentó rematarlo con
un tiro de FAL: esto le produjo una herida en el medio de la espalda en
oblicuo ascendente hacia la izquierda. Fue un trazo de unos catorce centímetros
de largo y unos siete u ocho centímetros de ancho, no muy profundo. Al
hacer la bala un deslizamiento por debajo de la carne, ésta se abrió es
toda la longitud sin penetrar profundo, de ahí el ancho de la herida.
Tenía orificio de salida
en el cuello, y como era trazante luminoso le produjo una gran quemadura
pues el fósforo que lo hace luminoso se seguía quemando. Cuando le hice
la curación me encontré con el proyectil que asomaba por el cuello y se
lo saqué con la mano: el calor del mismo había fundido una cuenta del
Rosario que el teniente primero llevaba al cuello y ésta había quedado
como pegada.
Un tiro de FAL disparado a
dos metros es imposible que se detenga por atravesar quince centímetros
de carne humana. El FAL rompe hueso, todo, y sigue de largo; es un
proyectil muy fuerte. Sin embargo, éste se detuvo y quedó fundido con
una cuenta del Rosario del teniente primero.
Los ingleses lo dieron
vuelta de una patada y él se hizo el muerto. En ese momento, estos
ingleses se replegaron debido al fuego. El teniente primero, que –ahora
boca arriba- los había visto, intentó manotear la MAG que tenía el
sargento M.C. muerto a su lado. La ametralladora estaba partida por la
mitad pero encontró su FAL y le vació un cargador a la columna enemiga
que se movilizaba, matando a tres ingleses.
Lo orientamos a gritos y subió a mi posición. A todo esto, yo
estaba haciendo fuego de apoyo con un fusil calibre 300 Magnum con mira
telescópica junto a un comando de gendarmería de los que operaron con
nosotros. Estábamos en la posición más elevada con respecto al resto y
se dominaba muy bien el combate, pero también recibíamos mucho fuego del
enemigo. Atrás de una roca lo revisé y ya relaté sus heridas así como
lo milagroso de la bala como detenida por el Rosario. Estaba semishoqueado
pero entero y con mucha agresividad. Diría que estaba con bronca. Me pidió
la habilitación para seguir el combate y luego tomó su fusil, cambió el
cargador y siguió haciendo fuego. Continuó el combate dándonos con todo
por ambas partes. Duró esto entre veinte y treinta minutos o sea que fue
un combate bastante largo. Hasta que culminó con la retirada del enemigo.
En concreto, diría que les ganamos.
Como nosotros teníamos
coordinado el fuego de artillería, el mayor A.R. ordenó la apertura del
fuego y éste comenzó a caer sobre el enemigo en retirada. Nosotros
indicamos que alargaran el tiro a medida que se iban, o sea los íbamos
corriendo a cañonazos. Aprecio que esa noche tienen que haber muerto
muchos ingleses porque el fuego de nuestra artillería era tremendo.
Nosotros también estábamos
recibiendo fuego de cañones y morteros, inclusive bastante detrás de
nosotros. Tiraban a la retirada nuestra sin tener en cuenta que nosotros
seguíamos ahí. Teníamos atrás, a unos setecientos metros, a un pequeño
grupo al que llamamos de recibimiento y su artillería lo habrá
confundido con el grupo principal. Pero lo real era que nosotros, desde el
lugar, continuábamos tirándoles con todo lo que teníamos.
El combate terminó y el
mayor ordenó el repliegue. Comenzamos una marcha de kilómetros y kilómetros
por las serranías que duró ocho horas, hasta llegar a un lugar donde por
fin había camino y fuimos recogidos en vehículos.
Llegamos hasta el Hospital
Militar con nuestros comandos heridos que se habían valido por sus
propios medios durante la marcha. El teniente primero V. Siendo las nueve
de la mañana se desmayó cuando lo puse sobre la camilla, como si se
hubiera relajado recién en ese momento. Habíamos salido el día anterior
a las tres de la tarde y regresábamos a las nueve de la mañana después
de combatir, sin dormir ni comer.
A las once lo operaron y
no había forma de convencerlo de que fuera evacuado. Pero dos o tres días
mas tarde llegó el buque hospital y prácticamente lo echaron de Puerto
Argentino. Faltó poco para que se agarrara de la pata de la cama.
Salimos de noche, serían
las once. Era una noche muy oscura y esa península estaba minada y llena
de trampas explosivas. Intentamos hacer algunas maniobras pero si hubiéramos
salido a buscar al enemigo nuestra tropa se hubiera visto inhibida de hace
fuego por el riesgo de abatirnos a nosotros. Entonces concretamente se
decidió reforzar la seguridad: todo lo que se moviera invariablemente era
enemigo. O sea que reforzamos algunas piezas y algunas posiciones
importantes.
Antes del amanecer nos
ordenaron marchar a la zona al norte de Moody Brook siempre por la península,
para reforzar la línea oeste-este que era la dirección de marcha del
enemigo.
Llegamos entonces jutno
con esta unidad de Infantería de Marina a una posición –diría-
“privilegiada”. Estábamos en las últimas montañas ya de frente al
enemigo. Empezamos a recibir fuerte fuego de artillería. Nos encontrábamos
viendo desde esa altura, bahía por medio, lo que ocurría del otro lado.
Es decir, en la zona del Hospital Militar, helipuerto, hipódromo, ya al
final de la guerra. Se veía el intersísimo fuego de artillería enemigo
que caía sobre las primeras casas de Puerto Argentino y sobre la zona del
helipuerto, hipódromo, Hospital Militar y el hospital civil. Prácticamente
barrieron todo eso. Milagrosamente no cayó ningún proyectil arriba del
Hospital con lo que hubiera muerto mucha gente. Veíamos todo el repliegue
argentino. Nuestras tropas se replegaban recibiendo intensísimo fuego de
artillería; unos doscientos o trescientos metros atrás avanzaban las
primeras líneas inglesas. Su artillería –magistralmente dirigida por
los sofisticados elementos con que contaban- caía cien metros delante de
ellos, protegiéndolos. Lo podría relatar con lujo de detalles pues esta
escena me quedó grabada. Veía las boinas rojas de ellos avanzando detrás
de los nuestros que recibían el fuego de artillería.
Una retirada es una cosa
desgraciada, realmente problemática. Se va abandonando equipo, no hay
parque, no hay munición. Nadie puede buscar en esas circunstancias una
posición para tirar al enemigo. Es una cosa muy confusa y desgraciada. Yo
me imagino a nuestros soldados pasando un momento muy feo, realmente debe
de haber sido muy duro.
Bueno, nosotros veíamos
eso desde nuestra posición, a la vez que también sufríamos intenso
fuego de artillería.
Terminó el fuego y vino
una impasse en la cual recibimos
la que sería nuestra última misión. Debíamos cubrir el repliegue de
esta compañía de Infantería de Marina en el “Forrest” y en una
lanchita de Prefectura. El “Forrest” era un pequeño buque que estaba
ahí anclado y con el cual habíamos cruzado por la noche. Entre esta península
y el Puerto Argentino habrá creo unos setecientos metros de agua. El
puerto se llamaba Camber o algo así.
Esos dos buques comenzaron
a evacuar a los infantes y nosotros volvimos hacia el frente a tomar
posiciones. En el frente vimos que el enemigo, lejos de quedarse quieto,
avanzaba. Unos setecientos tipos, más o menos un batallón, avanzaban a
pie hacia nosotros, con seis o siete helicópteros cubriéndolos.
Entonces en la última
comunicación radial preguntamos: “¿Qué hacemos? ¿Combatimos o no
combatimos? ¿Nos quedamos aquí hasta las últimas consecuencias?”
Porque aparentemente existía un cese de fuego, pero el enemigo seguía
avanzando. La respuesta fue cubrir hasta las últimas consecuencias, y una
vez que se hubiesen replegado los infantes, replegamos nosotros. Todo esto
ocurrió en minutos. El operativo de embarque fue de veras rápido y el
“Forrest” repleto de gente cruzó rápidamente.
Los ingleses estaban ya a
trescientos metros de nosotros, que estábamos listos para entrar en
combate, pero no disparaban.
Vino entonces la lanchita
de prefectura para buscarnos y se produjo una especie de comunicación por
señas con nosotros. Alcanzamos a destruir armamentos y equipos de radio,
y nos embarcamos y pudimos cruzar. La lanchita creo que era la “Iguazú”,
la histórica lancha que derribó al Harrier.
Llegamos a Puerto
Argentino y todo era bastante confuso. Nosotros ya no estábamos en el
gimnasio sino en unas casas en la zona alta de Puerto Argentino y hacia
allá fuimos.
Quedamos esperando los
acontecimientos. Pasó el tiempo y se produjo una mezcla de efectivos
nuestros e ingleses. Por ejemplo yo fui hacia el hospital un par de veces
para ver heridos y me encontré con que estaban aterrizando gran cantidad
de helicópteros enemigos mientras nuestras tropas evacuaban el hospital
que era convertido en cuartel inglés. Nuestros heridos eran llevados
hacia el “Comandante Irízar” o el “Bahía Paraíso”, no recuerdo
de cuál de los dos se trataba.
Como dije, nos mezclamos:
había soldados ingleses y nuestros por las calles. Inclusive recuerdo un
par de conversaciones interesantes, con soldados de ellos, sobre sus tácticas,
su artillería, qué elementos tenían, etcétera. Cosas que nos parecían
de interés en ese momento. Y también comentarios tanto de ellos como de
nosotros sobre el tremendo frío, el difícil terreno, la comida, en fin,
sobre lo duro de la guerra. Evidentemente, ellos habían tenido tanto frío
y dificultades para que les llegara la comida como nosotros. Pero lo
entendían como consecuencia lógica de una guerra en ese lugar geográfico.
Recibimos finalmente la
orden de marchar al campo de prisioneros en la zona del aeropuerto. Llovía,
estaba haciendo mucho frío y viento y allí cada uno debía encontrar su
refugio. Algunos lo hicimos con tambores de doscientos litros o paneles de
la pista de aluminio. Le sacamos también el toldo completo con esqueleto
a un Unimog que estaba por allí e hicimos una carpa.
El mayor A.R. se instaló
en los que llamamos “el sarcófago del mayor”. Era una columna doble
de alumbrado de sección cuadrada, tumbada sobre la tierra; quedaba una
cavidad formada por los bordes de la columna y un travesaño. Sería de
dos metros de longitud por setenta centímetros de separación entre
columnas. Ahí durmió esa noche el mayor, tapándose con unas chapas. Es
un hombre corpulento y entraba justo allí, pensé que no debía ser nada
cómodo. Me lo confirmó el hecho de que a la segunda noche intentó
hacerse una carpa en serio. Pero a poco de lograrlo, lo sacaron de la cama
como a todos nosotros pues nos ordenaron marchar para ser embarcados en el
“Canberra”.
En esos casi dos días
tuvimos una sola comida por día que consistía en fideos fríos y crudos.
Cuando uno está prisionero trata de pensar maniobras destinadas a pasarlo
mejor. Es la incertidumbre total ya que no se sabe cuánto tiempo más se
permanecerá en esa condición. Entonces, se trataba de hacer refugios
confortables, tratar de cuidar la poca comida que teníamos.
La marcha hacia Puerto Argentino para
embarcar se llevó a cabo alrededor de la una de la mañana, bajo una
intensa lluvia y mucho frío.
Nosotros habíamos logrado
pasar algunos fusiles por los controles. Los llevábamos desarmados
adentro de las mochilas que también habíamos conservado. También
algunas pistolas desarmadas y las diferentes partes escondidas en los
borceguíes o distintas partes del cuerpo.
Pero fuimos revisados después de la
marcha minuciosamente al punto de que hasta nos sacaron los cinturones y
los cordones de los borceguíes. Así fue que no pudimos pasar nada.
La selección para subir
al “Canberra” fue bastante extraña. Pasaban delante de nosotros gran
cantidad de soldados. Entonces, un oficial de ellos en un castellano
bastante raro nos dijo que hiciéramos una lista de nuestra unidad, que en
realidad eran dos: las compañías de comandos 601 y 602. Nosotros éramos
todos cuadros y ellos lo notaron. Así que cuando ordenaron que primero
los soldados, nos empezamos a mirar. Hasta que uno se acordó de los
cuatro soldados del teniente primero. Empezamos a gritar bastante hasta
que aparecieron los cuatro soldados que, por supuesto, pasaron. Entonces
el oficial inglés dijo: “¿Cómo, en tantas personas solamente cuatro
soldados...? Hum, medio raro...”
Entonces empezaron a
revisarnos e interrogarnos antes de darnos paso, previo hacerse dos filas
con los mayores C. Y A.R. al frente. A sus preguntas sobre si teníamos
algún curso hecho se le respondía que corte y confección, contabilidad
o cualquier cosa por el estilo. Pero claro, nos veían con ropa diferente,
insignias de paracaidistas, etc. y que todos éramos cuadros. Así que los
primeros cuatro tuvimos suerte y pasamos. Aunque el caso mío fue sencillo
pues lo hice como médico. Pero el inglés se puso nervioso y resolvió
que no pasase nadie más. Yo fui el último de la compañía y cuando me
alejaba el mayor me gritó: “¡Zafaste, Rana!”
Finalmente, el
“Canberra” zarpó hacia Puerto Madryn. Nos dividieron entre oficiales,
suboficiales y tropa, ocupando distintos niveles del buque. Nosotros éramos
custodiados por oficiales y el trato fue muy bueno, realmente. Reinaba el
orden y sucedieron cosas que se pueden llamar agradables. Recibimos una
alimentación en caliente, aire acondicionado. Hay que recordar que se
trata de un barco de lujo. Yo me bañé como seis o siete veces, lo mismo
debieron hacer muchos porque el comandante pidió por los altavoces que
economizáramos agua porque se estaba acabando. En Puerto Argentino me había
bañado solamente dos veces en veinte días, a bordo de la lanchita de
prefectura, así que me encantaba poder hacerlo.
Pudimos hacer también una
recorrida por cubierta, aspirando aire de mar como si fuera un crucero de
placer. Había música en dos bandas: de la BBC y grabada con el disc
jockey del buque. Esta última era buena pero el tipo era pésimo porque
entre disco y disco hablaba mucho. Nos habían puesto en un cuarto con
camas sin colchón y sólo dos almohadas para cuatro. Pero a poco de
descubrir dónde había almohadas terminamos durmiendo sobre las mismas.
Los cordones de los
borceguíes que nos habían sacado fueron rápidamente reemplazados por
los piolines para subir las persianas de los camarotes. A la media hora de
estar a bordo no había uno que siguiese sin cordones.
Se hacía fila con una
bandeja para recibir la comida. Empezamos a comerla rápido y colocarnos
de nuevo en la fila antes de que se acabara. En fin, pequeñas trampas que
hacíamos para alimentarnos mejor, pues la comida era buena pero escasa.
Un capitán había logrado
pasar una brújula y una carta con lo que sacaba el derrotero del buque.
Algo relativamente inocente. No era ningún misterio por dónde iba, además
a la mitad del trayecto se la había acoplado un buque de guerra de
nuestra Armada. Pero un inglés detectó que había una brújula y nos
empezaron a perseguir. Nos revisaron como seis veces sacándonos al
pasillo y colocándonos con las manos contra la pared y las piernas
abiertas. Finalmente le encontraron la brújula y en el momento en que se
la sacaron, apareció una persona de la Cruz Roja. Se le dijo que nos
estaban robando la brújula, un elemento inofensivo que no implica
peligro. Este hombre se la sacó al inglés y se la devolvió al capitán.
Volvimos al camarote e
inmediatamente la escondimos junto con los cigarrillos que eran también
elemento prohibido. Por supuesto, después del almuerzo, volvió a
aparecer el oficial inglés a revisarnos para sacarnos de nuevo la brújula.
Nos manifestó que su mayor decía que teníamos que entregarla. Entonces
el capitán F.T. –con gran rapidez- le respondió que al bajar a
almorzar uno de sus paracaidistas “boina roja” le había cambiado la
brújula por cigarrillos. Se armó un escándalo infernal y el inglés se
pasó horas buscando al supuesto paracaidista que se había vendido al
enemigo por una brújula, ese tan estratégico elemento que su mayor le
había ordenado requisar.
A partir de ese momento
los cuatro comandos que éramos los ocupantes del camarote 25 del Meridian
Room pasamos a ser los insurrectos. Nos revisaban todo el tiempo. Nos habíamos
hecho fama de que ciertos elementos de confort se nos “pegaban”:
almohadas, perchas, comida, etcétera. En realidad, teníamos de todo en
la habitación.
A mí, como médico, me habían venido
a ofrecer los de la Cruz Roja el trato y alojamiento preferencial que debía
de tener de acuerdo con la Convención de Ginebra; pero me quedé con los
comandos que era mucho más divertido.
En la cena nos colocaban
cartelitos con algunas noticias. Algún resultado de Argentina en el
Mundial, que Galtieri había renunciado, que el Papa estuvo en Buenos
Aires.
Otra noche, ya cerca de
Puerto Madryn, nos pusieron la foto de una mujer desnuda. Acá recuerdo
que a prisioneros argentinos heridos se les ofrecieron revistas pornográficas,
que se ve son elemento común a bordo; pero no fueron aceptadas.
Volviendo a la foto de la
chica desnuda, yo le pregunté al que repartía la comida si era su
hermana a lo que con gran rapidez me dijo que no, pero que evidentemente
debía ser mi madre. Pero todo terminó entre risas de todos. El espíritu
de ellos no era de molestarnos; por otra parte, uno de nuestros buques de
guerra navegaba a su lado, la cosa se había acabado y todos –incluso
ellos- habíamos sufrido bastante.
Llegamos a Madryn, y de
una zona de reunión volamos a Palomar y luego a casa, pasando por la
Escuela Lemos.
¿Si volvería a Malvinas?
Sí, volvería. Cuando los ingleses estaban intentando negociar con la
situación de mis camaradas que mantenían como rehenes, yo no quería
saber nada. Posteriormente, ellos me confirmaron que pensaban igual.
En los combates que
tuvimos con ellos, los corrimos. Peleamos contra seres humanos que no querían
morir, que tenían hambre, que tenían frío. Y eso que earn gente muy
profesional y muy capacitada. Los salvadores de Occidente, la fuerza de la
OTAN, los que van a parar al torbellino del Este. Sin embargo, nosotros
–las compañías 601 y 602 con todos cuadros, oficiales y suboficiales-
los corrimos. Abandonaban todo: radio, claves, mochilas completas. Aun
sucedió cuando nos golpearon ellos primero y nos sorprendieron.
Por
eso lo que yo deseo de mi ejército es que se transforme en uno de
profesionales. Cuando se trataba de cuadros contra cuadros, en patrullas
de comandos, terminaban por irse excepto cuando tenían la ventaja de una
enorme superioridad numérica y de medios de apoyo como artillería y
helicópteros. Por algo el general Jeremy Moore dijo que dondequiera que
sus tropas se toparon con efectivos profesionales debieron luchar
duramente para dominarlos y que fue tan difícil como despegar mejillones
de las rocas. Lo que Moore no puede decir es que cuando consiguió
“despegarnos” fue por abrumadora superioridad de medios o numérica
pero cuando así no fue, ellos debieron correr. Hubo soldados que se
destacaron y mucho, verdaderos héroes, pero los años de instrucción de
un profesional no se pueden discutir”.
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