| Un tumor de lengua afectaba al gran orador de Mayo
Juan Jose Castelli
y el cancer
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Juan José Castelli
fue Vocal de la Primera Junta surgida el 25 de mayo de 1810. Para
entonces, ya no era un desconocido en la apartada aldea que se
incorporaba en febriles jornadas, a la caudalosa corriente de la
historia mundial. En las postrimerías del régimen virreinal, quien se
consagrará como el orador de la Revolución, ya se destacaba como un
hábil abogado porteño tenido en cuenta por la élite criolla del Puerto.
Comprometido con las vicisitudes que acompañan, en el Río de la Plata,
al desmoronamiento del imperio español en América, Castelli será
protagonista de sonados episodios. Así ocurre cuando por orden del
Virrey Liniers, fue arrestado en Montevideo el médico inglés Diego
Paroissen con papeles comprometedores pertenecientes a Saturnino
Rodríguez Peña, en los que este urgía la coronación de la infanta
Carlota Joaquina. En esas circunstancias, Castelli asumió la defensa de
Paroissen y otros implicados. Todavía no había aparecido signo alguno de
su enfermedad.
El joven abogado había adherido a la corriente carlotista y fue uno de
los firmantes de la memoria redactada por su primo, Manuel Belgrano,
reivindicando los derechos de la Infanta al trono de Buenos Aires. La
infanta era hermana de Fernando VII y esposa del regente de Portugal,
país este último muy sometido la influencia de Inglaterra. En cierto
momento , la infanta reclamó para sí los derechos vacantes de la
monarquía española y logró el apoyo, bien que fugaz y a todas luces
ingenuo de algunos de los partícipes en el proceso que se iniciaba de la
Revolución y la Independencia.
La importancia del incidente es doble. Por un lado es demostrativo del
impacto que la cambiante situación europea de principios del siglo XIX
iba teniendo sobre los círculos ilustrados de criollos que en la capital
virreinal veían acercarse la hora de grandes decisiones. Por otra parte,
se considera el escrito de Castelli, presentado en defensa de los
procesados, como el basamento jurídico más importante del Cabildo
Abierto del 22 de mayo de 1810. En esa defensa, Castelli desarrolla la
argumentación, que se expondrá más tarde en el célebre Cabildo, sobre el
derecho de los pueblos americanos a reasumir su soberanía, como
consecuencia de la caída de Fernando VII como prisionero de Napoleón.
Una azarosa biografía
Juan José Antonio Castelli nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764.
Fue hijo de un protomédico veneciano, Angel Castelli Salomón y de una
criolla, María Josefa Villarino y González de Islas. Comenzó sus
estudios en el Real Colegio Convictorio de San Carlos y los prosiguió en
Córdoba , en el Colegio de Monserrat. Decidido a seguir la carrera de
Derecho, fue a la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú, y obtuvo
la licenciatura en 1788. Vuelto a Buenos Aires abrió un estudio. Poco
después, en 1796, a instancia de su primo Belgrano, fue nombrado
secretario interino del Consulado de Comercio y , tres años más tarde,
designado Regidor del Cabildo.
Estaba casado con María Rosa Lynch, con quien tuvo seis hijos. En 1801
fue cofundador de la Sociedad Patriótica, Literaria y Económica,
escribiendo en el Semanario de Agricultura y en el Telegráfo Mercantil.
A partir de los hechos del 25 de Mayo de 1810, aparece decididamente
enrolado en el partido morenista, que encarnaba, para algunos autores la
versión local de un jacobinismo nacionalista e hispanoamericano
(Fernando L. Sabsay – A. J. Pérez Amuch+astegui, La sociedad argentina,
Génesis del Estado Argentino, Fedye, 1973). Su pertenencia a esa
corriente quedó ratificada en su actuación como vocal de la Junta de
Mayo, y en su apoyo incondicional a las medidas propuestas por el
Secretario de la Junta, Mariano Moreno, al punto de convertirse en el
ejecutor fiel de las directivas más draconianas emanadas de aquél, tales
como el fusilamiento de Liniers y sus seguidores en Córdoba y de las
autoridades mlitares y civiles de Potosí en la campaña del Alto Perú.
Con el fusilamiento de Liniers, que daría lugar a severas diferencias y
cuestionamientos políticos en las filas de los patriotas, se procuró
cortar de raíz las tentativas de la contrarrevolución por volver a
levantar cabeza, asegurando el control revolucionario sobre las
intendencias de Córdoba y Salta, dejando expedito el camino al Alto
Perú. En éste se concentraba una poderosa fuerza realista al mando del
general Goyeneche.
Rumbo al Alto Perú
Designado representante de la Junta en el Ejército Expedicionario al
Alto Perú, comandado por Antonio González Balcarce, Castelli alcanzó
durante el desarrollo de esta campaña militar los ribetes más destacados
de su actuación revolucionaria. Después de un breve encontronazo
desfavorable en Cotagaita, el ejército patriota alcanza su primer y gran
victoria en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810.
Conforme a las directivas recibidas de la Junta de Buenos Aires, y
ratificadas en esa oportunidad, Castelli ordenó el fusilamiento de los
jefes españoles: mariscal Vicente Nieto, capitán de fragata José de
Cordova y Rojas y don Francisco de Paula Sanz, gobernador de Potosí. En
pocas semanas toda la región minera de Potosí estaba en manos de los
patriotas.
En su calidad de representante de la Junta, Castelli, que con frecuencia
chocaba en materia de opiniones e ideas con el segundo jefe del Ejército
Expedicionario, coronel Juan José Viamonte, demostró una vez más ser
poseedor de una inquebrantable determinación. Encaró, con mano férrea,
importantes reformas administrativas: reorganización de la Casa de
Moneda de Potosí, reforma de la Universidad de Charcas y la propuesta de
conceder a los indios el derecho al voto.
Estas medidas revolucionarias y los encendidos discursos de Castelli en
cada pueblo y aldea a que arribaba el ejército patriota, convocando, a
la indiada a sumarse a la Revolución, le granjearon la hostilidad de los
hacendados y propietarios mineros altoperuanos, legendarios explotadores
de la masa indígena.
Las proclamas y apelaciones de Castelli estaban lejos de limitarse a la
retórica. Desde las gradas de Kalassassaya, en el Tiahuanaco, proclamó,
por instrucciones de la Primera Junta, la libertad del indio,
desbaratando el poder de mineros y encomenderos.
Es muy probable que, ya para entonces, los primeros síntomas de una
tumoración en la lengua empezaran a manifestarse, estimándose como
probable punto de partida del proceso maligno que insidiosamente se
desarrollaba, la quemadura accidental con un cigarro de los que era
inveterado fumador.
A todo esto, la tregua acordada entre el jefe español Goyeneche y
Castelli, después de la batalla de Suipacha, no fue respetada por el
militar realista, quien, con fuerzas superiores y mejor equipadas asaltó
por sorpresa el campamento patriota en Huaqui el 20 de junio de 1811,
infligiendo a las fuerzas revolucionarias una dura derrota que las
obligó a replegarse, volviendo el Alto Perú a manos del ejército
realista.
La enfermedad y el amargo repliegue
Todo sería entonces, para Castelli, amargura y decepción. El jacobino
nacionalista, el patriota emancipador de indios y esclavos, el tribuno de
Mayo, el gran orador, deberá enfrentar los progresos acelerados del cáncer
de lengua, ya identificado por los médicos que lo asisten. Simultáneamente,
las autoridades porteñas, atrapadas por los intereses localistas que veían
con hostilidad la proyección de la Revolución más allá del Puerto y su
reducido hinterland, aprovechan la oportunidad. Hacen responsable a Castelli
del desastre de Huaqui, por lo que es separado de su cargo y desterrado. En
diciembre de 1811 se le inició sumario, siendo su juez un tío de Mariano
Moreno, el Doctor Tomás Antonio Valle. Daban comienzo los sinsabores del
Proceso de Desaguadero.
Preso en una escuela mientras es juzgado, Castelli inspira al narrador
argentino Andrés Rivera un libro que lo hará merecedor del Premio Nacional
de Literatura 1992. En la obra, La revolución es un sueño eterno, el
personaje Castelli imaginado por Rivera, da cuenta de su padecimiento:
“ Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina
con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla.
¿Yo escribí eso, aquí en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el
invierno, la noche?
Y ahora escribo: me llamaron – ¿importa cuando? – el orador de la
Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre
de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La
podredumbre prohibe a mi boca, la risa.
Yo , Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé,
todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la
noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las
puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?” ( La
revolución es un sueño eterno, por Andrés Rivera, Alfaguara, 1995)
El proceso a Castelli fue prolongado. Los jueces no llegaron a pronunciarse.
Murió antes, derrotado por el cáncer de lengua, el 12 de octubre de 1812.
En Buenos Aires, el impulso inicial de la Revolución se había detenido.
Comerciantes y hacendados porteños pugnaban por contener el proceso
desencadenado en Mayo de 1810 en los estrechos límites de sus mezquinos
intereses. Pero el 8 de octubre, días antes de la muerte de Castelli, la
aldea mercantil fue conmovida por la revolución que derrocó al Primer
Triunvirato, punta de lanza del sesgo europeizante y portuario de la élite
dirigente de Buenos Aires. Con la revolución del 8 de octubre de 1812
emergía un movimiento, encabezado por el teniente coronel José de San
Martín, orientado a retomar la senda de la emancipación hispanoamericana. La
Revolución, “ese sueño eterno”, se desvanecía, sólo para renacer,
tenazmente, una y otra vez.
Dr. Alberto Guerberof
Redacción SIIC
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