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¿Cuál
es su opinión acerca de la protección de la privacidad de los pacientes?
La relación clínica se basa en la confianza, en el pacto entre profesional y
paciente que afirma que aquello que nos es contado por el enfermo en la
intimidad de dicha relación como privado o confidencial, así debe ser
mantenido. La privacidad es condición sine
qua non de la confidencialidad, pero ésta requiere precisamente el
abandono de la misma. Pero un abandono que, cuando se hace, se limita
exclusivamente a los profesionales que en ese momento lo escuchan y que
necesitan de esa información para entablar una auténtica relación terapéutica.
Sólo de manera excepcional y, por tanto por motivos explícita y
suficientemente justificados, puede un profesional romper o violar esa
privacidad.
¿Cómo
relaciona este concepto con el de autonomía?
En mi opinión, la autonomía es el fin, el verdadero valor intrínseco. Y la
privacidad es fundamentalmente un valor instrumental para hacer realidad el
fin último de la autonomía. Instrumental, pero valor en sí mismo también,
que se debe respetar, proteger y desarrollar. Sin privacidad, sin vida
privada, no hay autonomía porque no existe el ser individual, propio, único,
distinto, privado, autónomo. Sin privacidad, el individuo no sería mas que
parte de una masa amorfa sin criterio ni juicio. No existiría la
individualidad. No existiría la libertad ni la responsabilidad de los actos
individuales. No existirían el amor ni el compromiso ni la ilusión. En pocas
palabras, no existiría el ser humano como tal.
¿Podría
explicar por qué la intimidad es una “atadura”?
La intimidad es una atadura además de una conexión, sin duda. Y lo es porque
la intimidad nos liga, nos ata a las personas que comparten nuestra intimidad.
O que comparten su intimidad con nosotros. Nos ata porque compartimos con
ellos el secreto objeto de la confidencia, el resultado de la intimidad.
Atadura no es un concepto negativo o de carácter peyorativo. Atar es unir, es
religar, del latín religare (de donde
viene el concepto religión). Atar, en este sentido, es relacionar con
compromiso, con entrega, con promesa de mantenimiento del secreto. Es decir,
con confesión de ayuda al mantenimiento y al desarrollo de la persona, la del
otro y la propia.
¿Por
qué el sistema sanitario y en particular los hospitales disminuyen la autonomía
de los pacientes?
Fundamentalmente porque toda la actividad y las características estructurales
y funcionales de los hospitales van dirigidas en esa dirección. Cuando el
paciente entra en el hospital abandona su medio social propio para verse
inmerso en otro medio, distinto y desconocido para él, en el que él sigue
siendo un sujeto, aún pretendidamente autónomo y libre para tomar
decisiones, pero que se convierte progresivamente en objeto de estudio y de análisis.
Cambian para él la cama, la ropa de cama, los horarios, la alimentación, las
horas de visita, las personas que lo rodean, las personas que lo tocan, toman
la temperatura, exploran, hablan, comentan, etcétera. Nada es igual y él es
el que pierde, aunque sea temporalmente, todo lo que es suyo, su vida privada,
su libertad.
¿Cómo
puede modificarse la burocracia y la impersonalidad de la relación médico-paciente?
Mediante una profunda y serena reflexión que debemos hacer todos,
profesionales y sociedad conjuntamente, respecto de cómo queremos que sea
dicha relación y sobre qué entendemos por salud y por enfermedad. Sin este
análisis, la tecnología puede acabar dominando la relación entre
profesional de la salud y paciente y convertirla en una relación sumamente
tecnologizada y pobremente humana. Con ese objetivo en mente, considero
fundamentales la educación en valores de los estudiantes de las profesiones
sanitarias, la enseñanza de bioética en las facultades y también en los
centros sanitarios, la creación de comités de ética asistencial en dichos
centros y la asunción global por parte de la sociedad de la importancia de
los valores en las vidas de las personas, tanto sanas como enfermas.
¿Por
qué considera que al romperse la confidencialidad se pierde un poco de
personalidad? ¿Cómo aplica este concepto a la práctica médica diaria?
Porque sin confidencialidad, sin intimidad, sin privacidad, el ser humano
desaparece para convertirse en un átomo más, una parte más de una masa
amorfa carente de personalidad y de libertad. Esto no equivale a negar la
importancia de la comunidad para el desarrollo del ser humano sino todo lo
contrario. Creo que la comunidad, los valores comunitarios, son fundamentales
para que las personas lleguemos a ser seres autónomos, individuales,
diferenciados. Pero necesitamos, dentro de esa comunidad, nuestro propio
espacio, nuestra intimidad para, partiendo de esos valores en que somos
nacidos, poder llegar a desarrollarnos como personas libres y diferenciadas,
con criterio propio.
Desde
la bioética, ¿cuál es la propuesta para valorar las personas en su
conjunto?
Hay muchas teorías éticas y por tanto diversas concreciones de lo que puede
suponer “valorar las personas en su conjunto”. Personalmente defiendo que
cada ser humano es un ser importante en sí mismo en cuanto que no sólo es
medio sino que también fin en sí mismo y que, por tanto, tiene dignidad y no
precio. Afirmación general y abstracta, desde luego, cuya aplicación debe
luego ser concretada en los diversos contextos en los que sea problemática.
Creo que una forma de hacerlo es dando voz a todas las personas en las
situaciones cuyas soluciones puedan afectarles. Y no sólo en la toma de
decisiones finales sino también en la elaboración de las normas en las que
se sustentará esa toma de decisiones. Una norma no aceptada por todos los
implicados difícilmente aumentará o reconocerá el valor de las personas en
su conjunto. Puede ser una forma muy interesante éticamente de empezar a
encarar las reformas sanitarias en los países, ¿verdad?
En
el caso especial de situaciones médicas tales como el trasplante de órganos
y las enfermedades infectocontagiosas, ¿podría explicar cómo la bioética
sugiere preservar la intimidad del paciente?
La intimidad se preserva no haciendo público el nombre del paciente. En el
caso del trasplante de órganos, la ética nos obliga, en mi opinión, a no
develar el nombre del donante ni del receptor. Mucho menos el nombre del uno
al otro. Entiendo la donación como un regalo que un donante hace a la
sociedad, en abstracto, aunque los receptores sean personas concretas. Y confío
en que seremos capaces de seguir manteniendo dicho anonimato. En el caso de
las enfermedades infecto-contagiosas, considero que plantear el problema como
si se tratase de un dilema (“¿se debe decir a terceras personas que
fulanito de tal…?”) no es la mejor opción. Considero mucho más adecuado
ética y profesionalmente seguir manteniendo la confidencialidad de la
información que tenemos del paciente y trabajar con él para que él mismo
acepte la conveniencia de develar dicha información a las personas que
considere necesario hacerlo. Salvamos así el principio de la
confidencialidad, conservamos la confianza y conseguimos un posible cambio de
actitud y de conducta por parte del paciente. Y no debemos olvidar que nuestra
primera y mayor obligación es siempre hacia nuestro paciente concreto. También
tenemos otras, pero son de menor obligación y deben ser siempre balanceadas
contra la primera.
¿Cuál
es el futuro de la relación médico-paciente en términos de autonomía,
intimidad y confidencialidad?
El futuro dependerá de lo que hagamos ahora. Personalmente creo, y trabajo
por ello, que seremos capaces de profundizar en la miríada de valores que se
encuentran y a veces se enfrentan en el seno de la relación clínica y que
llegaremos a ver la necesidad de tener en cuenta la importancia de los mismos.
La salud y la enfermedad no son cuestiones meramente técnicas sino que
responden en gran medida a valores personales y
comunitarios. La puesta en común de éstos nos llevará a ver que una
medicina, una atención de la salud que no los tenga en cuenta no nos llevará
a mayores niveles de salud sino a mayores dependencias tecnológicas, donde
quizá vivamos más pero seremos, sin duda, menos personas, menos felices,
menos sanos.
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