Entrevistas a expertos

838 bytes, 7 x 11 pixeles RELACION ENTRE LA MEDICINA Y LA INTIMIDAD   

 
 

 

Entrevista exclusiva a
294 bytes, 13 x 11 pixeles Koldo Martínez Urionabarrenetxea

Médico Adjunto del Servicio de Medicina Intensiva.
Presidente del Comité  de Ética Asistencial. 
Institución: Hospital de Navarra. Iruñea – Pamplona. España

" La relación clínica se basa en la confianza, en el pacto entre profesional y paciente que afirma que aquello que nos es contado por el enfermo en la intimidad de dicha relación como privado o confidencial, así debe ser mantenido."

 

La Sociedad Iberoamericana de Información Científica (SIIC) tuvo el agrado de entrevistar al 
Dr.
Koldo Martínez Urionabarrenetxea, en referencia al artículo Medicina e Intimidad: Una visión desde la Bioética” editado en Revista de la Calidad Asistencial, 19:416-421, 2004


Preguntas formuladas por los médicos que integran la agencia Sistema de Noticias Científicas (aSNC), brazo periodístico de SIIC.


Pamplona, España (especial para SIIC):


¿Cuál es su opinión acerca de la protección de la privacidad de los pacientes?
La relación clínica se basa en la confianza, en el pacto entre profesional y paciente que afirma que aquello que nos es contado por el enfermo en la intimidad de dicha relación como privado o confidencial, así debe ser mantenido. La privacidad es condición sine qua non de la confidencialidad, pero ésta requiere precisamente el abandono de la misma. Pero un abandono que, cuando se hace, se limita exclusivamente a los profesionales que en ese momento lo escuchan y que necesitan de esa información para entablar una auténtica relación terapéutica. Sólo de manera excepcional y, por tanto por motivos explícita y suficientemente justificados, puede un profesional romper o violar esa privacidad.



¿Cómo relaciona este concepto con el de autonomía?
En mi opinión, la autonomía es el fin, el verdadero valor intrínseco. Y la privacidad es fundamentalmente un valor instrumental para hacer realidad el fin último de la autonomía. Instrumental, pero valor en sí mismo también, que se debe respetar, proteger y desarrollar. Sin privacidad, sin vida privada, no hay autonomía porque no existe el ser individual, propio, único, distinto, privado, autónomo. Sin privacidad, el individuo no sería mas que parte de una masa amorfa sin criterio ni juicio. No existiría la individualidad. No existiría la libertad ni la responsabilidad de los actos individuales. No existirían el amor ni el compromiso ni la ilusión. En pocas palabras, no existiría el ser humano como tal.



¿Podría explicar por qué la intimidad es una “atadura”?
La intimidad es una atadura además de una conexión, sin duda. Y lo es porque la intimidad nos liga, nos ata a las personas que comparten nuestra intimidad. O que comparten su intimidad con nosotros. Nos ata porque compartimos con ellos el secreto objeto de la confidencia, el resultado de la intimidad. Atadura no es un concepto negativo o de carácter peyorativo. Atar es unir, es religar, del latín religare (de donde viene el concepto religión). Atar, en este sentido, es relacionar con compromiso, con entrega, con promesa de mantenimiento del secreto. Es decir, con confesión de ayuda al mantenimiento y al desarrollo de la persona, la del otro y la propia.



¿Por qué el sistema sanitario y en particular los hospitales disminuyen la autonomía de los pacientes?
Fundamentalmente porque toda la actividad y las características estructurales y funcionales de los hospitales van dirigidas en esa dirección. Cuando el paciente entra en el hospital abandona su medio social propio para verse inmerso en otro medio, distinto y desconocido para él, en el que él sigue siendo un sujeto, aún pretendidamente autónomo y libre para tomar decisiones, pero que se convierte progresivamente en objeto de estudio y de análisis. Cambian para él la cama, la ropa de cama, los horarios, la alimentación, las horas de visita, las personas que lo rodean, las personas que lo tocan, toman la temperatura, exploran, hablan, comentan, etcétera. Nada es igual y él es el que pierde, aunque sea temporalmente, todo lo que es suyo, su vida privada, su libertad.



¿Cómo puede modificarse la burocracia y la impersonalidad de la relación médico-paciente?
Mediante una profunda y serena reflexión que debemos hacer todos, profesionales y sociedad conjuntamente, respecto de cómo queremos que sea dicha relación y sobre qué entendemos por salud y por enfermedad. Sin este análisis, la tecnología puede acabar dominando la relación entre profesional de la salud y paciente y convertirla en una relación sumamente tecnologizada y pobremente humana. Con ese objetivo en mente, considero fundamentales la educación en valores de los estudiantes de las profesiones sanitarias, la enseñanza de bioética en las facultades y también en los centros sanitarios, la creación de comités de ética asistencial en dichos centros y la asunción global por parte de la sociedad de la importancia de los valores en las vidas de las personas, tanto sanas como enfermas.



¿Por qué considera que al romperse la confidencialidad se pierde un poco de personalidad? ¿Cómo aplica este concepto a la práctica médica diaria?
Porque sin confidencialidad, sin intimidad, sin privacidad, el ser humano desaparece para convertirse en un átomo más, una parte más de una masa amorfa carente de personalidad y de libertad. Esto no equivale a negar la importancia de la comunidad para el desarrollo del ser humano sino todo lo contrario. Creo que la comunidad, los valores comunitarios, son fundamentales para que las personas lleguemos a ser seres autónomos, individuales, diferenciados. Pero necesitamos, dentro de esa comunidad, nuestro propio espacio, nuestra intimidad para, partiendo de esos valores en que somos nacidos, poder llegar a desarrollarnos como personas libres y diferenciadas, con criterio propio.


Desde la bioética, ¿cuál es la propuesta para valorar las personas en su conjunto?
Hay muchas teorías éticas y por tanto diversas concreciones de lo que puede suponer “valorar las personas en su conjunto”. Personalmente defiendo que cada ser humano es un ser importante en sí mismo en cuanto que no sólo es medio sino que también fin en sí mismo y que, por tanto, tiene dignidad y no precio. Afirmación general y abstracta, desde luego, cuya aplicación debe luego ser concretada en los diversos contextos en los que sea problemática. Creo que una forma de hacerlo es dando voz a todas las personas en las situaciones cuyas soluciones puedan afectarles. Y no sólo en la toma de decisiones finales sino también en la elaboración de las normas en las que se sustentará esa toma de decisiones. Una norma no aceptada por todos los implicados difícilmente aumentará o reconocerá el valor de las personas en su conjunto. Puede ser una forma muy interesante éticamente de empezar a encarar las reformas sanitarias en los países, ¿verdad?


En el caso especial de situaciones médicas tales como el trasplante de órganos y las enfermedades infectocontagiosas, ¿podría explicar cómo la bioética sugiere preservar la intimidad del paciente?
La intimidad se preserva no haciendo público el nombre del paciente. En el caso del trasplante de órganos, la ética nos obliga, en mi opinión, a no develar el nombre del donante ni del receptor. Mucho menos el nombre del uno al otro. Entiendo la donación como un regalo que un donante hace a la sociedad, en abstracto, aunque los receptores sean personas concretas. Y confío en que seremos capaces de seguir manteniendo dicho anonimato. En el caso de las enfermedades infecto-contagiosas, considero que plantear el problema como si se tratase de un dilema (“¿se debe decir a terceras personas que fulanito de tal…?”) no es la mejor opción. Considero mucho más adecuado ética y profesionalmente seguir manteniendo la confidencialidad de la información que tenemos del paciente y trabajar con él para que él mismo acepte la conveniencia de develar dicha información a las personas que considere necesario hacerlo. Salvamos así el principio de la confidencialidad, conservamos la confianza y conseguimos un posible cambio de actitud y de conducta por parte del paciente. Y no debemos olvidar que nuestra primera y mayor obligación es siempre hacia nuestro paciente concreto. También tenemos otras, pero son de menor obligación y deben ser siempre balanceadas contra la primera.



¿Cuál es el futuro de la relación médico-paciente en términos de autonomía, intimidad y confidencialidad?
El futuro dependerá de lo que hagamos ahora. Personalmente creo, y trabajo por ello, que seremos capaces de profundizar en la miríada de valores que se encuentran y a veces se enfrentan en el seno de la relación clínica y que llegaremos a ver la necesidad de tener en cuenta la importancia de los mismos. La salud y la enfermedad no son cuestiones meramente técnicas sino que responden en gran medida a valores personales y
comunitarios. La puesta en común de éstos nos llevará a ver que una medicina, una atención de la salud que no los tenga en cuenta no nos llevará a mayores niveles de salud sino a mayores dependencias tecnológicas, donde quizá vivamos más pero seremos, sin duda, menos personas, menos felices, menos sanos.

 

 
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