Conceptos Categóricos

FATIGA PERSISTENTE LUEGO DE LA INFECCIÓN POR SARS-COV-2

FATIGA PERSISTENTE LUEGO DE LA INFECCIÓN POR SARS-COV-2


Dublin, Irlanda
Los resultados del presente estudio sugieren una prevalencia alta de fatiga posviral, en pacientes con infección por coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave, luego de la fase aguda de la enfermedad. En el estudio, más de la mitad de los pacientes refirió fatiga persistente (52.3%), a una mediana de 10 semanas después de los síntomas iniciales de COVID-19. La fatiga sería independiente de la gravedad inicial de la enfermedad.

Plos One 1-12

Autores:
Townsend L

Institución/es participante/s en la investigación:
St James’s Hospital

Título original:
Persistent Fatigue Following SARS-CoV-2 Infection is Common and Independent of Severity of Initial Infection

Título en castellano:
La Fatiga Persistente luego de la Infección por SARS-CoV-2 es Común e Independiente de la Gravedad Inicial de la Infección

Extensión del  Resumen-SIIC en castellano:
1.98 páginas impresas en papel A4


Introducción
La fatiga es uno de los síntomas referidos con mayor frecuencia en pacientes con infección por coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (Severe Acute Respiratory Syndrome [SARS]-CoV-2), el agente etiológico de la enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19 por su sigla en inglés). En los primeros trabajos, entre el 44% y el 69.6% de los pacientes con infección por SARS-CoV-2 refirieron fatiga. Si bien las manifestaciones clínicas iniciales de la infección por SARS-CoV-2 se conocen bien, las consecuencias de la infección a mediano y largo plazo han sido menos caracterizadas. La prevalencia del síndrome de fatiga posviral merece especial atención en este sentido. Los pacientes con infección aguda por SARS-CoV-2 tienen reducción del recuento de linfocitos, mayor cociente entre neutrófilos y linfocitos, y reducción del porcentaje de monocitos, eosinófilos y basófilos. También se han referido disminuciones del reciento de linfocitos T colaboradores y supresores. En los pacientes con COVID-19 grave se observan niveles séricos altos de proteína C-reactiva (PCR), ferritina, dímeros-D, interleuquina (IL) 6 y CD25 soluble, entre otros biomarcadores. Por el momento se desconoce si las alteraciones en los biomarcadores inmunológicos y de inflamación se asocian con la persistencia de síntomas a mediano y largo plazo, luego de la fase aguda de la infección. En un estudio realizado en Toronto, Canadá, en pacientes con síndrome respiratorio agudo grave (SARS) se comprobó un índice elevado de fatiga, mialgias difusas, debilidad y depresión, un año después de la etapa aguda de la enfermedad; un porcentaje considerable de pacientes no pudo volver a trabajar. En un estudio similar con 233 pacientes con SARS de Hong Kong, el 40% de los participantes presentaron fatiga crónica, 40 meses después de la infección; igualmente, en pacientes con infección por coronavirus del síndrome de Oriente Medio (MERS-CoV por su sigla en inglés), la fatiga fue un síntoma común, hasta 18 meses después de la infección aguda. La fatiga crónica que persiste 6 meses o más sin etiología franca es la manifestación definitoria del síndrome de fatiga crónica (SFC), el cual puede observarse después de diversas infecciones bacterianas y virales. El SFC también se vinculó con la depresión. Si bien se acepta que las infecciones pueden desencadenar SFC, los mecanismos fisiopatogénicos no se conocen; en la mayoría de los trabajos se prestó especial atención a las alternaciones de la modulación inmunológica. El objetivo del presente estudio fue conocer la prevalencia de fatiga persistente en pacientes con infección por SARS-CoV-2 y determinar posibles asociaciones entre la gravedad de la fatiga y diversas variables clínicas y bioquímicas.

Pacientes y métodos
El presente estudio se llevó a cabo en una clínica para la atención posterior a COVID-19 en Dublín, Irlanda; todos los pacientes presentaron infección por SARS-CoV-2 confirmada por laboratorio. Los pacientes fueron reclutados para el presente estudio al menos 6 semanas después de la última fecha con síntomas agudos de COVID-19 (en el caso de enfermos ambulatorios) o del alta, para aquellos pacientes que debieron ser internados por COVID-19. La presencia de fatiga se determinó con la Chalder Fatigue Scale (CFS-11). Se tomaron muestras de sangre para la determinación de variables hematológicas, PCR, lactato deshidrogenasa, IL-6 y CD25 soluble. Se tuvieron en cuenta las características de COVID-19 y el antecedente de depresión o ansiedad. Los participantes también completaron la Rockwood’s Clinical Frailty Scale. Se analizaron posibles factores predictivos de fatiga posterior a COVID-19, por ejemplo marcadores de gravedad, marcadores de activación inmunológica y niveles circulantes de citoquinas proinflamatorias.

Resultados
Fueron reclutados 128 pacientes de 49.5 años en promedio (54% de sexo femenino). Más de la  mitad de ellos refirió fatiga persistente (67 de 128; 52.3%), a una mediana de 10 semanas después de los síntomas iniciales de COVID-19. No se observaron asociaciones entre la gravedad de COVID-19 (necesidad de internación, necesidad de internación en unidades de cuidaos intensivos, necesidad de aporte de oxígeno) y la fatiga posterior a la fase aguda de la enfermedad. Tampoco se observaron correlaciones entre los marcadores bioquímicos de inflamación (recuento de glóbulos blancos, recuento de neutrófilos, recuento de linfocitos, cociente entre neutrófilos y linfocitos y niveles séricos de lactato deshidrogenasa o PCR) y las moléculas proinflamatorias (IL-6 o DC25 soluble) y la presencia de fatiga, luego de la fase aguda de COVID-19. Sin embargo, el sexo femenino y el antecedente de depresión fueron más comunes entre los sujetos con fatiga.

Conclusión
Los resultados del presente estudio sugieren una prevalencia alta de fatiga posviral, en pacientes con infección por coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave, luego de la fase aguda de la enfermedad. La fatiga sería independiente de la gravedad inicial de la enfermedad. La fatiga persistente se asocia con deterioro importante de la calidad de vida y con consecuencias muy desfavorables para los enfermos, los empleadores y los sistemas de salud, especialmente si se tiene en cuenta que un porcentaje elevado de pacientes con COVID-19 son trabajadores de la salud.  
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