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REPERCUSIÓN DE LAS ETAPAS GENERACIONALES EN LA PERCEPCIÓN ÉTICA MÉDICA
(especial para SIIC © Derechos reservados)
Autor:
María Ayelén Gaitan Zamora
Columnista Experta de SIIC

Institución:
Universidad Nacional del Litoral

Artículos publicados por María Ayelén Gaitan Zamora 
Coautor
Miguel Hernán Vicco* 
Médico, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina*

Recepción del artículo: 11 de julio, 2018

Aprobación: 13 de febrero, 2019

Primera edición: 15 de julio, 2021

Segunda edición, ampliada y corregida 15 de julio, 2021

Conclusión breve
Las premisas que guían los comportamientos éticos de los médicos varían según cambia su edad. Aunque el enfoque utilitarista está presente de manera transversal en todas las generaciones, a medida que la edad de los profesionales disminuye, esta postura ética va dejando de establecerse de manera unánime y comienzan a abrirse paso pensamientos de índole deontológica que proponen decisiones diferentes ante situaciones éticamente dilemáticas.

Resumen

Introducción: El término bioética engloba una gran heterogeneidad de discursos, pues las decisiones éticas están atravesadas, entre otros factores, por el contexto cultural de cada individuo; así, podría considerarse que cada generación tiene sistemas de valores diferentes. Existen distintas posturas filosóficas que sostienen determinados comportamientos y elecciones éticas. El objetivo de este trabajo fue conocer el predominio de las corrientes filosóficas que enmarcan las posturas adoptadas ante dilemas éticos en relación con la pertenencia generacional de los profesionales médicos y futuros egresados de la carrera de medicina. Materiales y métodos: Se realizaron entrevistas semiestructuradas interpretativas a médicos y estudiantes de medicina de distintas edades sobre cómo intervendrían ante el dilema del tren en sus dos variantes. Resultados: En todos los grupos generacionales la mayoría de los entrevistados resolvieron los dilemas basándose en la misma premisa: la del mal menor, pero al considerar las minorías se observó que a medida que descendían las edades surgieron respuestas basadas en premisas diferentes, las cuales establecían que ningún hombre puede ser usado como medio, lo que condujo a comportamientos éticos distintos de los anteriores. Discusión: La bioética es una disciplina que se fomenta en el diálogo, poder comprender las posturas filosóficas que impulsan a tomar una u otra decisión contribuye a la tolerancia ya que no existen posturas correctas o incorrectas sino sólo distintos puntos de vista. De esta manera se puede enriquecer la comunicación y la escucha entre colegas, beneficiándose así tanto los equipos de trabajo como los pacientes.

Palabras clave
ética médica, bioética, corrientes filosóficas, dilemas éticos, cambios generacionales

Clasificación en siicsalud
Artículos originales> Expertos del Mundo>
página www.siicsalud.com/des/expertos.php/158134

Especialidades
Principal: BioéticaEducación Médica
Relacionadas: Atención PrimariaEducación MédicaSalud Pública

Enviar correspondencia a:
Maria Ayelen Gaitan Zamora, 3000, Santa Fe, Argentina

Repercussion of generational groups in medical ethical perception

Abstract
Introduction: The term bioethics includes a great heterogeneity of discourses due to the cultural context of each individual which influences the ethical decisions, thus, it could be considered that each generation might have different ethical values. In this framework, the aim of this research was to know the predominance of the philosophical concepts and the arguments used by different generational groups of medical professionals and future graduates of the medical career in the resolution of ethical dilemmas.

Materials and methods: We conducted semi-structured interviews with medical doctors and students of different ages about how they would solve the train ethical dilemma proposed by Philippa Foot and one of its variations.

Results: In all the generational groups most of the interviewed people resolved the dilemmas based on the same premise: the greatest amount of good for the greatest number, but by analyzing the minorities within the generational groups, we observed that the younger's answers were dissimilar, they based their decision on the premise that establishes that any man can't be used as a means.

Discussion: Bioethics is a discipline that is fostered in dialogue, being able to understand the philosophical positions that lead to determining one or the other decisions always considering that there are no right or wrong opinions but only different points of view. Following this hypothesis, communication and listening among colleagues can be enriched, thus benefiting both work teams and patients.


Key words
medical ethics, bioethics, philosophical currents, ethical dilemmas, generational changes

REPERCUSIÓN DE LAS ETAPAS GENERACIONALES EN LA PERCEPCIÓN ÉTICA MÉDICA

(especial para SIIC © Derechos reservados)

Artículo completo
Introducción

Diversos filósofos intentaron determinar qué es lo moralmente correcto en el obrar humano. Entre ellos se puede mencionar, por ejemplo, a Baruch Spinoza, quien afirma que la conducta humana está sujeta a una serie de afecciones, sentimientos, pasiones y equivocaciones, que son producto de su propia alma y del desconocimiento; por lo tanto, el trabajo del ser humano consiste en conocerlas: “Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta (…) Se infiere con ello que cada cual tiene el poder –si no es absoluto, al menos parcial– de conocerse a sí mismo y conocer sus afectos clara y distintamente y, por consiguiente, de conseguir padecer menos por causa de ellos”, y sostiene que a través de la razón es como el hombre se vuelve una persona de bien: “de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres y, por ellos, son justos, dignos de confianza y honestos”.1

Por otro lado, para Immanuel Kant, lo que determina la moralidad de un acto es su motivación por el deber, con independencia de la materialidad de la acción; ello implica aceptar la existencia de un bien absoluto y previo que se impone por sí mismo (al cual definió como “imperativo categórico”) al que el hombre debe acercarse por medio del cumplimiento del deber independientemente de las consecuencias que puedan derivarse de sus acciones, así, el carácter moral de una acción está determinado por la universalidad de la máxima respectiva, es decir por la posibilidad de que la norma a la que esa acción responde se convierta en ley universal.2 La ética kantiana, al igual que la de Spinoza, sostiene que el hombre debe ser legislador de su propia voluntad y debe ser capaz de someter sus impulsos y pasiones al control de la razón: ningún imperativo tiene significado moral si el hombre no puede otorgarle su consentimiento interno y racional.3

Contrariamente a la teoría deontológica de Kant se encuentra la teoría utilitarista de Jeremy Bentham y John Stuart Mill, la cual manifiesta que la única fuente de valor (la utilidad) es la mayor felicidad para el mayor número de personas, siendo así la acción correcta aquella que promueve o produce el mayor placer o felicidad para la mayoría; en otras palabras, juzga la moralidad de los actos atendiendo únicamente a las consecuencias.4 A diferencia de la teoría kantiana que habla de un bien previo, Mill5 asegura que los sentimientos morales no son innatos, sino adquiridos. Los cuales no son parte de nuestra naturaleza, por lo que no son comunes a todos nosotros, no tienen un origen trascendental.

Así, en resumen, para Spinoza el hombre bueno es el que lucha por preservar su ser y sostiene que la libertad humana consiste en el gobierno de los afectos a través del uso adecuado de la razón.6 Kant, por su parte, manifiesta que es bueno aquello que es universalmente bueno para todo el mundo, no tiene en cuenta la singularidad de cada caso. El utilitarismo, por otro lado, busca el bien mayor para el mayor número de personas, aunque esto, por lógica, pueda dejar en desventaja a una minoría.

En lo que respecta a la integración ética en el marco de la práctica médica, en 1970 nace la Bioética, intentando establecer un puente entre la ética clásica y las ciencias de la vida.7 Esta disciplina, que se incorpora a nivel de la formación y práctica médica, consecuencia de la violación de derechos humanos en el transcurso de investigaciones biomédicas realizadas en los Estados Unidos durante los años '60 particularmente, se plantea fomentar las buenas prácticas clínicas a partir de cuatro principios: respeto a la autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia.8

América latina comienza a incorporar la disciplina bioética a partir de los años '80, pero con las características propias del reflejo de la situación social estadounidense.9 Alfonso Llano10 refiere que esta rama de la ética nace con el propósito de humanizar las nuevas biotecnologías y los avances científicos e involucrar al paciente en la toma de decisiones en una sociedad utilitarista. Sin embargo, el “trasplante” de la bioética estadounidense se encuentra con una sociedad con poco desarrollo tecnológico, de tradición médica hipocrática y fuertemente paternalista; lo cual generó falta de interés por la disciplina y desconocimiento del mecanismo de aplicación, impidiendo así que se incorpore a las entidades académicas o a las políticas gubernamentales. Si bien la bioética surge en los Estados Unidos a fin de mediar entre los avances científicos y su ingreso en los servicios de salud, en nuestra región se adapta a otro marco social según la realidad de cada país; de esta forma no interviene únicamente en el desarrollo biotecnológico y en las investigaciones científicas, sino que se centraliza en los bienes humanos básicos y en los derechos humanos fundamentales. Mientras que el lineamiento ético estadounidense está basado en su moralismo, individualismo y progresismo, en América latina la conducta moral se plantea sobre la base de los derechos humanos, es decir el derecho a la vida, dignidad, identidad, igualdad, integridad, libertad, justicia y equidad.11 De esta forma, la bioética no queda limitada a un comité que opera en los centros asistenciales, sino que interviene en todas las decisiones en las que se pongan en juego los derechos humanos.

Como se puede observar, existen distintas posturas filosóficas que sostienen diferentes comportamientos y elecciones éticas. Se puede, entonces, plantear las siguientes preguntas: ¿cómo se resuelven los conflictos éticos a nivel profesional?, ¿cómo conviven tan diversas y hasta casi opuestas posturas a la hora de decidir qué hacer ante cierta situación? Si recordamos que cada generación está marcada por diferentes contextos sociales y por distintos hechos históricos que probablemente hayan influido sobre el pensamiento moral de la época, resulta interesante conocer si existe un cambio en estas posturas según varían las mismas. En este trabajo se pretende dar respuesta a estos interrogantes.

En esta línea, se pretende conocer el predominio de las corrientes filosóficas que enmarcan las posturas ante los dilemas éticos en relación con la pertenencia generacional de los profesionales de la salud, ya que estas inevitablemente están influenciadas por el contexto cultural en que cada persona se desarrolló; en definitiva, cada generación tiene sistemas de valores diferentes.12 Esto nos permitirá trabajar desde el campo de la formación médica para mejorar el diálogo, considerando que no hay respuestas correctas o incorrectas, sino que cada individuo las plantea desde su perspectiva y su contexto cultural. Comprendiendo esto se puede contribuir a la tolerancia y a enriquecer el diálogo entre colegas al momento de resolver situaciones éticamente dilemáticas.


Materiales y métodos

Se llevó a cabo un trabajo de tipo cualitativo, interpretativo, mediante entrevistas semiestructuradas dinámicas, a estudiantes de la carrera de Ciencias Médicas de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional del Litoral, y a profesionales médicos de la ciudad de Santa Fe. La inclusión de las personas antes mencionadas nos permitió valorar la influencia de la formación académica en relación con los preceptos éticos por parte de los entrevistados.

Se analizaron cuatro grupos generacionales, conformados de la siguiente manera: generación baby boomers: personas nacidas entre 1945 y 1964; generación X: nacidos entre 1965 y 1981; generación Y o millennials: nacidos entre 1982 y 1994 (a este grupo se lo subdividió en dos: graduados y estudiantes) y generación Z o centennials: nacidos a partir de 1995 en adelante.

La entrevista empleada comprendía una primera etapa de preguntas sobre el concepto que el entrevistado tenía de bioética y sobre la formación que ha recibido en dicho campo (materia curricular o cursos extracurriculares). Posteriormente se le solicitó la resolución de dos dilemas éticos13 que se detallan a continuación:
1) Un tren descontrolado se dirige hacia cinco personas, quienes no han notado que el tren viene hacia ellos. La única manera de salvarlos es accionando una palanca, que cambia la dirección del tren hacia una vía alternativa donde se encuentra una persona, la cual será atropellada y, con seguridad, morirá. ¿Considera que es moralmente correcto tirar de la palanca?
2) Considere el mismo escenario que en el dilema anterior, un tren avanza hacia las cinco personas. Pero en este caso usted se encuentra observando la situación desde una pasarela que pasa por sobre las vías y a su lado se encuentra un desconocido; esta vez, la única manera de salvar a las cinco personas es empujar al extraño hacia la vía del tren, morirá si hace esto, pero hará que el tren se detenga evitando que alcance a los otros. ¿Considera que es moralmente correcto empujar a la persona a las vías?
No se estableció un debate con los entrevistados, por el contrario, se les explicó que los casos mencionados no tienen una solución correcta, ya que el interés reside en el marco filosófico de las respuestas en sí mismas. Cada entrevista, previa aceptación por parte del entrevistado, fue grabada en audio. Al finalizar todas las entrevistas, se procedió a su desgrabación, y a la conformación de una tabla comparativa de palabras clave en relación con el modelo argumentativo de Toulmin,14 que pauta los siguientes componentes:
- Aserción: Tesis que se defiende, conclusión a la que se quiere arribar con la argumentación.

- Datos: Hechos o evidencias del mundo empírico que se entregan a favor de la aserción.

- Garantía: Brinda la lógica para la transición de los datos a la aserción, sirve de puente entre estos dos. Cumple la función de la premisa mayor en el silogismo clásico.

- Respaldo: Apoya la garantía, mostrando su validez.

- Cualificador modal: Grados de fuerza o probabilidad de la aserción.

- Condición de refutación: Corresponden a aquellas circunstancias excepcionales que pueden socavar la fuerza de los argumentos, es decir posibles objeciones que se pueden formular.

Concluida la etapa anterior, se analizaron las tablas de los discursos argumentativos de los entrevistados a fin de establecer en primer lugar la coherencia interna de la argumentación en sí misma, y en segunda instancia identificar las premisas en las cuales basan sus argumentos. Esto último nos permitió analizar si existen diferencias en los enfoques éticos en relación con los grupos generacionales evaluados.

Vale destacar que, al haberse empleado entrevistas de respuestas abiertas, estas debieron ser dinámicas a fin de evitar que conceptos importantes que hacen al marco teórico, mediante el cual la persona resuelve los dilemas, no sean no apreciados. Es por esta razón que luego de realizar dos entrevistas por grupo se procedió a una primer desgrabación a fin de evaluar el instrumento empleado.


Resultados

Se realizaron 25 entrevistas en total, 14 a mujeres y 11 a hombres. Del total, 15 fueron dirigidas a profesionales médicos de la ciudad de Santa Fe: 5 eran médicos pertenecientes a la generación baby boomer (60 a 71 años), 5 médicos correspondían a la generación X (40 a 46 años) y 5 pertenecían a la generación Y o millennials (24 a 33 años).

El resto de las entrevistas se realizó a estudiantes de la carrera de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional del Litoral: 5 a estudiantes pertenecientes a la generación Y o millennials (estudiantes de quinto y sexto año con edades comprendidas entre 24 y 26 años), y 5 a estudiantes de la generación Z (de primer y segundo año, con edades entre 18 y 21 años).


Tabla 1



Como se observa en la Tabla 1, en general, en todos los grupos preponderaron las mismas respuestas: sí desviar el tren para salvar la mayor cantidad de vidas posibles, considerando esta acción el mal menor, y no empujar a alguien delante del tren, por considerar este hecho un asesinato y sentir que no podrían o no deberían hacerlo, aunque el número de vidas en juego siga siendo el mismo que en el caso anterior.

De todas formas, salvo en la generación baby boomer, donde las respuestas se establecieron de manera unánime en ambas versiones, en los demás grupos hubo minorías que resolvieron los dilemas de manera diferente de la antes expuesta:

Tabla 2



En cuanto a los argumentos dados por las minorías (Tabla 2), en el caso de la generación X se puede observar que, en relación con la segunda variante del dilema del tren, una minoría sí empujaría a alguien delante de las vías del tren: “Seguramente trataría de producir el mal menor, siempre” (médico cirujano, 44 años), y como único atenuante establecieron la posibilidad de que el tren llevara pasajeros, existiendo el potencial riesgo de que descarrile y se produzcan un número aun mayor de víctimas.

Respecto de los médicos millennials, al igual que en el caso anterior, algunos de los que contestaron afirmativamente la primera versión del dilema, mantuvieron la misma postura en la segunda y respondieron que sí empujarían a alguien a las vías del tren para salvar la mayor cantidad de personas posibles: “Es lo mismo que desviar, es una acción más directa pero es el mismo resultado, salvar cinco personas a costa de una; lamentablemente sigue siendo el mal menor” (médica generalista, 30 años).

Sin embargo, en este grupo generacional surgió una respuesta que no había sido manifestada por los entrevistados de mayor edad: una minoría respondió que no desviarían el tren y que tampoco empujarían a nadie, argumentando que ninguna vida debe ser tomada como medio para salvar a otra, más allá del número: “Decidir terminar con la vida de una persona no se justifica por las otras; el mal menor es que muera uno solo y no cinco, pero el fin no justifica los medios, uno no puede decidir sobre la vida de las personas porque a otro le haga mal” (médica, 24 años).

En las entrevistas realizadas a estudiantes millennials, en concordancia con el grupo anterior, se encontraron dos tipos de respuestas minoritarias. Por un lado, algunos de los que respondieron que sí accionarían la palanca mantuvieron la misma postura respecto a empujar y decidieron sí hacerlo: “Sería más difícil, pero si voy a salvar a cinco sigue siendo el mal menor” (estudiante de quinto año, 24 años); asimismo, hubo una minoría que respondió que no accionaría la palanca en el primer caso y mantuvo la misma postura en el segundo: “No empujaría y creo que tal vez tampoco accionaría la palanca por más de que salve más gente, es la misma situación planteada distinto, de las dos maneras estoy matando a alguien” (estudiante de sexto año, 24 años), al ser interrogados respondieron que no consideran correcto usar una vida como medio para salvar otra, independientemente del número, al igual que el argumento encontrado en la minoría de médicos millennials.

En el último grupo, conformado por estudiantes pertenecientes a la generación Z o centennials, la diferencia se estableció en la segunda versión del dilema, donde algunos entrevistados mantuvieron la misma respuesta que habían dado en la primera versión y decidieron que la mejor opción es intervenir empujando a una persona delante del tren para salvar la vida de cinco, respetando la ideología del mal menor y considerando que si bien las acciones son distintas, el resultado es el mismo: “Salvo a los 5, al fin y al cabo, yo estaría matando en los dos casos, sea mediante la palanca o empujando” (estudiante de segundo año, 20 años).

En resumen, como se expuso previamente, la mayoría de los entrevistados (independientemente de su edad) decidieron intervenir en la primera versión del dilema para salvar cinco personas, guiados por el principio de “el mal menor”; pero en la segunda variante, en general deciden abstenerse y no empujar a nadie delante del tren por considerarlo incorrecto, aunque el resultado sea el mismo (cinco vidas contra una vida). Respecto de las minorías, éstas expresaron dos posturas, por una parte, hubo quienes respondieron negativamente a ambas versiones del dilema, estas respuestas sólo se encontraron en entrevistados pertenecientes a la generación millennial, tanto médicos como estudiantes. Contrariamente, las demás excepciones en todas las generaciones mantienen la misma postura de intervenir en ambos casos para salvar al mayor número posible de personas.


Discusión

Existe un dilema moral cuando un agente X se enfrenta a dos requerimientos normativos (normas, valores, principios morales, etcétera) que lo obligan a realizar, o a abstenerse de realizar, dos comportamientos que resultan incompatibles. La satisfacción de un requerimiento impide la satisfacción del otro. En principio, ambos requerimientos son igualmente atendibles; sin embargo, el agente no puede realizar ambos a la vez.15 Establecido esto, en el caso del “dilema del tren”, el sujeto debe realizar un juicio dicotómico (intervenir o no intervenir) acerca de cómo se comportaría si se enfrentara a la situación planteada, aceptando o rechazando la acción que le propone el dilema. Las respuestas afirmativas (intervención) se conciben como respuestas utilitaristas, ya que en ellas el sujeto acepta llevar a cabo una acción emocionalmente muy aversiva a favor del bienestar agregado; en cambio, en las respuestas negativas (no intervención) el sujeto asume una elección no utilitarista, en contra de lo ventajoso en términos de costo-beneficio.16

Podríamos considerar entonces que el dilema del tren puede abordarse básicamente desde dos enfoques éticos: el utilitarista y el no utilitarista, dentro del cual se encuentra el enfoque deontológico o “kantiano”. Para el utilitarismo lo moralmente correcto es aquello que genera el bien al mayor número de personas posibles, es consecuencialista; es decir que lo que cuenta moralmente son meramente los efectos de las acciones, no importa directamente cómo se producen esos resultados.17 El utilitarismo plantea que la moral no debe interpretarse como fidelidad a algún conjunto de reglas inflexibles, sino que el objetivo es la felicidad de los hombres y está permitido hacer lo necesario para promoverla, “el principio de utilidad” exige que cuando se deba elegir entre diferentes acciones, se debe optar por aquella que tenga las mejores consecuencias globales para todos los afectados.18 Por lo tanto, desde este punto de vista, la mejor opción para resolver el dilema planteado es salvar cinco personas a costa de una.

En oposición, para Kant existen leyes morales que prescriben lo que se debe hacer en términos absolutos y, por lo tanto, no pueden depender de motivos contingentes o empíricos, este filósofo sostiene que estas leyes morales se determinan enteramente a priori, no se derivan de la experiencia, sino de nuestra propia razón; en definitiva, si las obligaciones morales tienen un fundamento a priori, entonces nunca pueden ser relativas.19 La ética kantiana es no consecuencialista, las buenas acciones no se definen como tales por el efecto que producen sino por la intención con la que se realizaron: “Una acción hecha por deber tiene su valor moral, no en el propósito que por medio de ella se quiere alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta”.20

En esta línea, quienes guían sus decisiones éticas sobre la base de la moral deontológica, plantean que no es correcto sacrificar a una persona para salvar a cinco, dado que este lineamiento ético establece que cada hombre es un fin en sí mismo y nunca puede ser tomado como medio. A su vez, teniendo en cuenta la formulación kantiana que establece que debe obrarse sólo según una máxima tal que se pueda querer al mismo tiempo que se torne ley universal,20 en ninguna de las dos versiones del dilema del tren estaría justificado tomar la vida de una persona para salvar a cinco, ya que en ambos casos, sea por una acción directa o indirecta, existe la muerte de un individuo y nunca se puede establecer como ley universal que esté justificado matar a alguien más allá de las consecuencias que este acto conlleve.

En todos los grupos, en mayor o menor medida, se observa que las respuestas viran desde una variante del dilema a la otra; muchos de los que eligen intervenir en la primera variante, encuentran conflicto en empujar a alguien delante de las vías del tren, manifestando que “no podrían hacerlo” por considerarlo una acción más directa, este cambio de postura se manifiesta sobre todo en los grupos de mayor edad, donde se produce de manera unánime. Respecto de dicha diferencia establecida entre ambas versiones, Greene y colaboradores13 expusieron varias respuestas posibles a este hecho, una de ellas sugiere que el dilema de empujar a una persona usa literalmente a un ser humano como medio para un fin determinado, mientras que en la otra versión, la persona que será atropellada simplemente estaba en el camino y sobre uno sólo caería la responsabilidad de desviar el tren pero no lo que éste produzca en su nuevo rumbo, por lo tanto, establecieron la hipótesis de que la diferencia radica en la carga emocional que implica tener que empujar a alguien y conducirlo directamente a la muerte (en otras palabras, asesinarlo); contra el hecho de accionar una palanca, lo cual, si bien producirá el mismo resultado, resulta menos “personal”.

En las entrevistas realizadas, al ser interrogados sobre este cambio, muchos entrevistados continúan considerando que, por “lógica”, lo mejor sigue siendo sacrificar la vida de uno y salvar a cinco, pero que no podrían matar a nadie, lo cual hace parecer que el acto (no intervención) cambia por un sesgo que produce la carga emocional que genera el hecho de asesinar a alguien sobre la premisa del mal menor, pero ésta en sí, no varía. Así, siguiendo a Kant,20 la decisión de no intervenir es “conforme al deber” (no matar) pero no lo hacen “por deber”, sino por inclinaciones subjetivas, lo cual sugiere que no siguen un lineamiento deontológico.

En este contexto, surge el interrogante de cuál es el papel relativo que cumplen las emociones y la razón en la producción de juicios morales.21 David Hume, en su obra Investigación sobre los principios de la moral (1751), aborda este tema proponiendo que la razón no es la única fuente de la moral y la misma no es suficiente para establecer juicios morales. Dice Hume, en una tendencia un tanto utilitarista, que la razón puede intuirnos acerca de si las acciones son perniciosas o son útiles, pero “la utilidad es sólo una tendencia hacia un cierto fin; y si el fin nos resultara totalmente indiferente, habríamos de sentir la misma indiferencia hacia los medios. Se requiere, pues, que un sentimiento se manifieste, a fin de dar preferencia a las tendencias útiles sobre las perniciosas” y prosigue: “Extinguid todos los sentimientos y predisposiciones entrañables a favor de la virtud, así como todo disgusto y aversión con respecto al vicio; haced que los hombres se sientan indiferentes acerca de estas distinciones, y la moral no será ya una disciplina práctica ni tendrá ninguna influencia en la regulación de nuestras vidas y acciones”.22 Por lo tanto, para este filósofo, el juicio moral se encuentra inevitablemente influido por los sentimientos.

Resulta interesante una reflexión que Michel Foucault23 hace en uno de sus textos, definiendo cuatro aspectos de la moral: uno es la sustancia ética, siendo ésta la parte de nosotros mismos o de nuestro comportamiento que es relevante a la moral, luego habla del modo de sujeción, que es la manera por la cual se acepta una ley; el tercer aspecto es la vía por la cual nos transformamos en sujetos morales, es decir cómo trabajamos sobre la sustancia ética, que Foucault llama “práctica de sí”, y el cuarto y último aspecto es el teleológico, es decir, el fin por cual tenemos un comportamiento moral. Según Foucault, estos cuatro aspectos tienen cierta independencia, de esta forma, pueden encontrarse acciones similares cuyos aspectos morales sean diferentes; así, este autor compara lineamientos éticos en distintas etapas históricas que dan por resultado los mismos actos pero basados en diferentes aspectos de la moral según la idiosincrasia de cada momento histórico-cultural, por ejemplo, en la antigua Grecia los reyes eran fieles a sus esposas para demostrar que podían ejercer completo control sobre sí mismos y por lo tanto, demostrar así que también eran capaces de ejercer control sobre su pueblo, el modo de sujeción es una cuestión político-estética, el fin o telos es el dominio de sí; en cambio, para la moral cristiana el esposo debe ser fiel a su esposa porque una ley divina así lo requiere y el fin perseguido es la pureza, la vida eterna, etcétera. Foucault establece en este ejemplo que a través de la historia existió una transversalidad en lo que es considerado, hasta hoy en día, un acto moral, como es el hecho de la fidelidad en el matrimonio; pero, aunque el acto es el mismo, los aspectos morales que condujeron hasta tal acción son totalmente distintos. En conclusión, como se detalló en párrafos anteriores, mismas acciones pueden devenir de procesos morales distintos.

Cabe destacar que cada generación vivió diferentes acontecimientos políticos y económicos, es pertinente, entonces, analizar cómo influye la política y la economía en el marco ético.

En general, se ha considerado que la misión de la ética es fijar valores y fines, mientras que la función de la política es poner los medios para llegar a ellos, de esta manera, ambas estarían llamadas a entrecruzarse siempre.

Aunque la perspectiva ética es, en principio, individual, pues siempre es el sujeto singular el que se enfrenta a obligaciones y fines, hay que concluir que estos deberes o aspiraciones han de cumplirse en un contexto de interacción con otros individuos y grupos, esto es, desde la perspectiva de la dimensión colectiva de las comunidades políticas.24

En un sistema político democrático, el ideal igualitario establece que los diferentes puntos de vista deben ser puestos en paridad de condiciones entre sí, es decir que las distintas concepciones en materia ética puedan coexistir en un plano de igualdad. Esto, si bien reconoce la diversidad de pensamientos existente, dificulta la constitución de un espacio común, volviéndose necesaria la objetivación de algún criterio moral a fin de establecer un orden social. Es aquí donde las distintas concepciones de bien se politizan, ya que la posibilidad de poder generalizarse radica en la capacidad de cada grupo de posicionarse mejor en relación con el poder del Estado. De esta forma, la lógica de poder penetra la dimensión ética distorsionándola.25 En resumen, el contexto político, al establecer normativas desde la concepción mayoritaria del bien, influiría en última instancia en la percepción ética de quienes se someten bajo su poder.

Respecto de la economía, puesto que es una institución creada por las personas, donde ponen en juego su libertad e intereses dentro de un marco social de interacción humana, queda claro que economía y ética también tienen una relación inequívoca. La comprensión de la economía como ciencia ha evolucionado a partir de una comprensión mecanicista basada en la formulación de leyes universales impersonales (la famosa "mano invisible del mercado” de Smith), hasta una comprensión cada vez más social que acentúa el trabajo común para lograr ventajas recíprocas dentro de una sociedad.26 Es decir, el pasaje de un capitalismo liberal a un estado de bienestar o, mejor dicho, de una visión netamente utilitarista hacia una basada en la justicia social, la solidaridad y el universalismo.27

No es la finalidad de este artículo hacer un análisis económico de los modelos expresados, sino una observación de las premisas éticas sobre las cuales se asientan. Así, si bien el sistema económico fluctúa en los modelos adoptados según las estrategias de los gobiernos de turno, se puede concluir que el estado de bienestar sentó un precedente igualitarista en la conciencia de los ciudadanos.

Otra cuestión importante de analizar en los resultados de este trabajo es que, si bien en todos los grupos predominan las respuestas guiadas por lineamientos utilitaristas, estableciendo como premisa “producir el menor mal posible”, específicamente en los de mayor edad este tipo de resolución a los dilemas se establece de manera unánime; pero a medida que va disminuyendo la edad de los entrevistados (particularmente a partir de los millennials) existe una minoría que plantea soluciones de índole kantiana a las situaciones planteadas, basando sus argumentos en la premisa que establece que “el fin no justifica los medios”, por lo que según se observa, el concepto utilitarista predominante de los médicos de mayor edad va abriendo paso a posturas deontológicas en generaciones menores. Sin embargo, en el grupo de menor edad (generación Z) conformado por estudiantes que se encuentran cursando los primeros años de la carrera, ingresantes en su mayoría, quienes traen sus conceptos éticos de ámbitos escolares o familiares, se observó el mismo patrón de respuesta utilitarista que en las generaciones mayores. Respecto de esto, surge el interrogante de si estas distintas posturas se deben meramente a un cambio cultural entre diferentes generaciones o si la educación médica en bioética tuvo alguna influencia en estas diferencias, se debe recordar que la concepción bioética sufrió un cambio de su versión estadounidense, adecuándola más a la realidad de los países de América latina, dejando en segundo plano el principalismo que supo enmarcarla en sus inicios y tomando una nueva perspectiva, cada vez más influenciada por los derechos humanos. Cabría preguntarse acaso si esta influencia humanística pudo variar el punto de vista ético hacia una mirada más deontológica y con mayor enfoque en la dignidad humana, que pudo haber generado un cambio en la educación bioética de la formación médica, por lo cual algunos de los entrevistados (estudiantes de último año y médicos jóvenes) hayan establecido que no se justifica matar a alguien sea cual fuere el fin que esta acción genere.



Bibliografía del artículo
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