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HAZAÑAS Y DIVERTIDA TRAYECTORIA DE KOKAH REGINA

De Kokah de lujo, con textos de Eduardo Gudiño Kieffer e imágenes de Edgardo Giménez. Ed. Barlovento, Buenos Aires: 1976.

Kokah de lujo es una travesura cometida a medias por Eduardo Gudiño Kieffer (en las letras) y Edgardo Giménez (en la gráfica). Suerte de monumental biografía kitsch, ha sido dedicada por sus autores «a Kafka y el vecindario, Mae West, Inés Quesada e Isabel Uriburu». En la trayectoria de Kokah (nombre que es la versión ampulosa de tantas otras Cocas que circulan en paz por las calles, a ambos lados del río de la Plata) hay, como en la de todo ser humano, contactos o roces con el mundo de la medicina; aunque Kokah nunca haya llegado a ser médica.

Ironías de la beneficiencia

No, no piensen mal, no fue reina por su belleza, por su coronación y dinastía ya que, como se sabe, el mundo vivía una democracia maravillosa donde todos eran hermanos, aunque unos tuviesen tanto y otros nada. Pero sí fue reina por su talento, por su cultura y por su culocación social, que no sólo era la más alta sino también la más ancha que se conociera.

Y como reina moral que fue de este valle de lágrimas, llevó a cabo una obra benéfica cuyas principales realizaciones se recuerdan con veneración, a saber:

1. Donación de todas las fuentes de plata que le regalaron para su boda a las Villas miseria, Bidonvilles, Favelas, Chabolas, Poblaciones Cayampas, Cantegriles, Pueblos Jóvenes y Villas de Emergencia, donde tales objetos serían sin duda de primerísima necesidad y harían que los humildes no se sintieran postergados.

2. Fundación de la Sociedad Protectora de Gliptodontes amorosos no asociados al Kennel Club.

3. Creación de Puestos Sanitarios Permanentes para curación de hemorroides de homosexuales pasivos.

Todo esto demuestra que Kokah no sólo fue bella, sino que también fue generosa dadivosa caritativa munificentísima magnánima y abnegada. Como una verdadera reina, ¿viste?

Pero lo más importante, lo esencial, lo que no debemos olvidarnos de contar en esta verídica y aleccionadora historia es que Kokah, en su fugaz aunque apasionado abrazo de celestiales bodas con Frank Furster Würste, HABIA SIDO FECUNDADA. Eso sí: sin que Frank le tokase la kolah. Logró la proeza por vía oral, cosa que permitió a Kokah la correcta emasculación, con sus dientes de perlas.

Como corresponde a una dama esclarecida, el embarazo de Kokah duró nueve años. Durante los mismos, por consejo del Psicoanalista, el Ginecólogo y el Flamen, se dedicó a aprender de memoria el Evangelio de San Aldous Huxley. Hasta que llegó el momento supremo y Kokah, evidenciando que a través de seres excepcionales como ella la especie evoluciona, superó todas las teorías científicas vigentes hasta la fecha y empezó a poner huevos.

Puso diez huevos de oro purísimo, de donde nacerían diez Alfas: seres bellos, graciosos, perfectos y hechos para la felicidad.

Puso mil huevos de plata de donde nacerían mil Betas: científicos-ejecutivos-burócratas.

Y puso diez millones de huevitos de hojalata, de donde nacerían diez millones de Gamas. Proletarios, aj. Cosa de dejar para el mundo del futuro esquemas tan armoniosos como los del mundo actual: poquísimos Alfas para divertirse, bastantes Betas como para pensar, crear y organizar las diversiones de los Alfas, y cualquier cantidad de Gamas para trabajar y conseguir la financiación que la dicha de un Alfa necesita.

Ironías de la genética

Después Kokah entregó sus huevos a las incubadoras electrónicas del Instituto de Tendencias Genéticas a Muy Largo Plazo, fundado por ella misma. En dichas incubadoras los huevos deberían permanecer por lo menos veinte años, según los descubrimientos de la holografía, antes de que se rompieran los respectivos cascarones de oro, plata y hojalata y surgieran Alfas, Betas y Gamas dispuestos a realizar sus funciones específicas.

Con métodos heurísticos y propedéuticos, Kokah había estudiado las posibilidades del porvenir. Y estaba dispuesta a participar de ese porvenir. Pero se le presentaban dos problemas: el envejecimiento y la muerte. ¿Cómo, si sobrevenían tan terribles circunstancias –que hasta ahora la ciencia no podía evitar–, iba a dominar las megalópolis de los siglos venideros? ¿Cómo disfrutaría de las culturas sensualistas, epicúreas y hedonistas? ¿Cómo reinaría sobre las elites burguesas, democráticas y burocráticas del futuro? ­Ah, terrible problema! To be or not to be, tomorrow!

Ironías de la geriatría

Kokah estaba en la plenitud de su belleza, en el apogeo de su esplendor, en la cúspide de su feminidad. Todo eso, sin embargo, desaparecería con el paso de los años. Una arruga acá, otra más allá, y el camino largo que baja y se pierde.

No, la cuestión no se resolvía con usar una máscara. Y menos todavía con usar ese viejo remedio llamado resignación. Era mejor pensar en el mañana. Mañana sería otra cosa. Mañana los Betas habrían descubierto algo muy superior a Helena Rubinstein y al peeling: el secreto definitivo para detener a la vejez. Secreto que, por supuesto, utilizarían exclusivamente los Alfas. Sí: mañana la juventud podría prolongarse indefinidamente. Lo que vale la pena vivir no es el presente sino el futuro, se dijo Kokah visionaria. ­Despertar de aquí a quinientos años tan hermosa como ahora, y con la seguridad de no envejecer jamás! Kokah pensó en lo que le hubiera aconsejado la finadita Señora, cumpliendo con su ineludible deber de madre. Y fue como si escuchara su voz desde el otro mundo: «­Hibernación, hija mía,

hibernación!». Claro, ésa era la clave. Hibernar. Congelarse. Conservarse. ­Alojarse durante siglos en una cámara frigorífica a cualquier cantidad de grados bajo cero, para mantener intacta su piel tersa, para mantener intactos su esplendor y su colocación social!

Final o casi

Consultó con el Ginecólogo, el Psicoanalista y el Flamen. Todos estuvieron de acuerdo.

Leyó el Evangelio de San Marshall McLuhan.

Leyó el Evangelio de San Robert Oppenheimer.

Leyó el Evangelio de San Hermann Kahn.

Estudió todos los efectos sinergísticos y su conciliación con los descubrimientos serendipíticos.

Resolvió todos los enigmas atan ticos.

Solucionó, en fin, todos los problemas ecológicos del presente.

Y previó los del futuro.

Ahora sí

Después compró la cima del Everest e hizo construir en ella el Gran Mausoleo Hibernal, un edificio sencillito sencillito que conjugaba con admirable sobriedad los órdenes dórico, jónico, corintio, compuesto, atlántico, toscano y paranínfico con catorce cúpulas de oro, una torre maestra, una torre albarrana y una torre de homenaje, todo lleno de molduras churriguerescas y piedras preciosas.

En el centro del Mausoleo estaba el Laberinto, y en el centro del Laberinto la Cápsula Refrigeradora de platino, donde Kokah se encerraría durante quinientos años.

Firmó ante escribano público, por televisión-vía satélite, los documentos en que declaraba su voluntad de hibernar, dando las órdenes pertinentes para que la despertaran o despertasen dentro de medio milenio, justamente en el día señalado como EL DIA K.

Y llegó la hora.


Imagen de Edgardo Giménez.
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